Usted está en : Portada : Reportajes Domingo 20 de marzo de 2005

Intercambio de culturas

 

Dejaron entorno, raíces y familia para experimentar, a través de la educación superior chilensis, los altibajos propios de la universidad de la vida.

 

EQUIPO REPORTAJES

 

Junto con el inicio del año académico, las universidades de la zona reciben además de los mechones "made in Chile", a un contingente de alumnos procedentes de diversos y mundos lejanos que por distintas y muy personales razones eligieron en su mapamundi a este rincón de Suramérica. No sólo por lo programas de intercambio, también unos por curiosidad, otros por recomendaciones cercanas e inquietudes geográficas o, simplemente alentados por "esas cosas del destino" vinieron a parar a Chile, a la V Región, a Valparaíso y Viña del Mar, donde se han sentido acogidos a pesar de ciertas vicisitudes culturales que siempre exigen altas dosis de apertura, comprensión y tolerancia.

 

 

Mundo de diferencias

 

Esther Muda, Holanda

 

Parada en la Plaza Victoria, Esther mira con cara rara a unos mechones que le piden algo de dinero. "No tengo", dice con un acento medio extranjero. Pero los mechones insisten. Esther se aleja tratando de dilucidar quiénes son aquellos extraños personajes. "Al principio creí que eran vagabundos", explica. Y es que en Holanda no mechonean. Ni siquiera sabía que existiera esa "rara" costumbre. Tampoco es normal que todo el mundo entre a la universidad. Al ingresar a lo que aquí conocemos como enseñanza media, se divide a los alumnos en distintas categorías según su capacidad e interés intelectual. Ella quedó en el nivel llamado "Havo" y después de cinco años ingresó a una Escuela Superior, algo parecido a una universidad pero "menos individualista y no tan absorbente". Allí lleva tres años estudiando para ser profesora de español. Por eso cuando en la línea aérea donde trabaja como azafata le ofrecieron un pasaje rebajado para venir a estas latitudes nada la detuvo. Ni las diferencias culturales ni los kilómetros de distancia. La decisión ya estaba tomada: vendría a estudiar español a Chile.

Dicho y hecho. Esther llegó el sábado pasado desde Schiedam, cerca de Rotterdam, y ya está lista para cursar algunos ramos de la carrera de gestión en turismo y cultura impartida por la Universidad de Valparaíso. Aunque parezca increíble, el idioma no es su principal barrera. Habla español fluidamente. De hecho, maneja cuatro idiomas más: inglés, francés, alemán y, por supuesto, holandés. Por eso hablar una lengua distinta a la natal no es cosa nueva para ella. Lo diferente es la forma de vida, la gente y las costumbres.

Un abismo cultural separa a Holanda de Chile. Esther viene de una nación liberal donde es normal ver una pareja de gays caminando por la calle.

Temas polémicos como eutanasia, aborto y uso terapéutico de la marihuana hace tiempo que dejaron de ser un conflicto en el país nórdico. "También allá es súper normal vivir solos, por ejemplo yo me fui de mi casa a los 19 años", explica. Y es que en esa época el estado le pagaba a Esther por estudiar y además trabajaba. Hasta el día de hoy divide su tiempo entre viajes, estudios y su empleo de asafata y encuestadora. Ahora está lejos de aquella realidad y se prepara lentamente para sus clases. Ve las noticias cada noche y trata de seguir el vertiginoso ritmo de cada una de las palabras de los conductores. "Me va a costar escuchar y tomar apuntes a la vez", confiesa algo afligida.

Cuando llegó a Chile le sorprendió la pobreza y el desorden de las calles. Y al arribar a Valparaíso su percepción no cambió mucho. El caos de la locomoción colectiva es algo que todavía la tiene un poco desconcertada. Su primer viaje en colectivo fue un verdadero desastre. Le avisó al chofer que se bajaría en la Plaza de Viña y pensó que éste le advertiría al llegar. Nada de eso. Muchas cuadras más adelante un pasajero le dijo que se había pasado de su destino. Caminando de vuelta aprovechó de reflexionar acerca de la simpatía de los chilenos. "Pensé que serían más amables", afirma hoy. Pero aún es tiempo de cambiar de opinión. Tiene nada menos que tres meses para acostumbrarse. Un nuevo mundo está apunto de abrirse ante ella. Y Esther espera ansiosa. Aún cuando los mechones aún la detengan en la calle para pedirle plata... al menos ahora sabe que no son vagabundos.

 

 

CASI COMO EN CASA

 

Skjalg Aabakken, Noruega

 

Sus compañeros lo llaman de cualquier manera menos por su nombre. Nadie sabe cómo pronunciar esta intrincada secuencia de letras. Por eso la secretaria académica de la Universidad de Valparaíso optó por apodarlo simplemente John.

Skjalg llegó a Chile por amor. En su natal Noruega conoció a una chilena que le robó el corazón. Por eso en el 2001 y en el 2004 ya había visitado estos lejanos parajes. Pero ahora llegó para quedarse. "Trabajé durante todo el 2004 porque venir acá, era como un sueño", explica en un perfecto español. A sus 29 años ya es ingeniero de desarrollo de productos. Ahora está acá para aprender diseño. No quiso estudiar en Noruega porque allá "los diseñadores son muy funcionales, yo estoy acá para aprender más el lado artístico". Y para este noruego de nombre difícil, Valparaíso es el lugar perfecto para hacerlo. Las casa escalando los cerros, el mar y los colores lo cautivaron de inmediato: "Todo es como una historia que nunca para, en cada giro tú ves un paisaje diferente". Ambiente perfecto para desarrollar una veta que siempre deseó.

A pesar de las diferencias culturales Skjalg se siente como en casa. "Creo que Chile es como la Noruega de Sudamérica", comenta. "Por ejemplo, acá es más común que en Brasil que la gente no se hable en los autobuses, obviamente en Noruega eso se da mucho más", explica. Sea como sea, igual le llamó la atención la afectuosidad chilena. Abrazos, convivencias familiares y conversaciones de sobremesa son escenas que hoy son parte de su rutina diaria. Allá, en su ahora lejano país, las cosas eran distintas. Y cómo no. Si en invierno se oscurece a las tres y media de la tarde y todo el mundo se va a sus casas. "Ya estamos acostumbrados, además en el verano, por lo menos en Oslo, se oscurece a las once de la noche", explica. A pesar de eso cuenta que en su país hay un estandard de vida muy alto. Las universidades son gratuitas, a los estudiantes se les entrega una beca y la mayoría se va de su casa a los 18 años. "No se ve casi pobreza y la gente trabaja de las nueve a las cinco de la tarde y después todos tienen tiempo libre para dedicarse a otras cosas", explica.

Pero no todo ha sido color de rosa. Skjalg ha tenido una pequeña pero molesta dificultad: las pulgas. "En Noruega no existen", dice mostrando sus piernas repletas de ronchas. Ha debido aprender a vivir con ellas. Y también con el pastel de choclo. "No me gustó para nada porque era medio dulce", dice con una mueca en la cara. Pero son detalles. Este noruego se siente feliz en Chile y sobre todo en Valparaíso. Cree que es una ciudad única en el mundo de la que no puede ni quiere escapar.

 

 

Takeshi Higashi

 

Los vinos y Anita Alvarado eran todo lo que Takeshi Higashi conocía sobre Chile. Por eso sus amigos bromearon mucho advirtiéndole que se cuidara, que ese país lejano donde iba a estudiar podía estar lleno de Anitas. Takeshi vivía en Tokio y trabajaba en una empresa de comercio internacional que acostumbra enviar cada año a un grupo de sus empleados alrededor del mundo para aprender idiomas. Y como su interés era el español, le tocó el país de la "Geisha".

- "Qué suerte", dice

Así que dejó a sus amigos y cruzó la mitad del mundo para aterrizar en Santiago sin equipaje ni más conocimiento del idioma que "hola" y "cómo estás". Sus maletas se habían perdido en el vuelo. Takeshi aterrizaba en un país extraño literalmente con lo puesto, y eso era apenas una camiseta en pleno invierno. "Pensaba que Chile era más desordenado, pero el aereopuerto es muy moderno y ordenado".

Su primera oportunidad de practicar español fue una visita al mall. Armado con un diccionario partió a comprar ropa, y fue traduciendo cada frase hasta que pudo renovar el equipaje, que finalmente apareció tres meses después. Para entonces Takeshi vivía en Valparaíso. Después de tres semanas en una escuela de idiomas santiaguinas, llegó a la casa de una familia porteña.

"En Japón la cena es la gran comida, pero aquí almuerzan mucho. Y allá se come arroz en todas las comidas". A cambio de eso, la ventaja de Chile son sus frutas: chirimoyas, papayas y mangos son difíciles de encontrar en la isla. Pero de todas las opciones que ofrece la comida criolla, sus favoritas son las cazuelas y los curantos.

Los últimos los conoció en su escenografía natural cuando viajó a Chiloé. También ha recorrido el norte del país, además de algunas ciudades de Argentina, Uruguay y Brasil. "Mi misión es buscar nuevos negocios en países latinos. En Chile hay mucha riqueza natural, entonces tenemos que mantenerla, pero también quiero hacer negocios con ella. La contaminación es horrible pero creo que podemos mejorar esa ", explica Tekashi en el español que ha aprendido bastante bien en los casi siete meses que lleva en Chile. .

La mejora se debe en parte porque ha practicado con sus amigos chilenos cada vez que juegan fútbol o salen a carretear. Así también ha aprendido de la idiosincracia nacional, que muchas veces contrasta con la japonesa. En su país son "más tranquilos y muy tímidos. Y puntuales". Pero ha superado las diferencias: "De primera esperaba mucho, pero ahora también soy impuntual".

Pero a pesar de la convivencia, todavía le cuesta entendernos a cabalidad. "Ustedes hablan muy rápido", argumenta. Tanto, que es incapaz de entender lo que dicen en las teleseries. También profundiza su conocimiento del idioma en la PUCV, donde llegó "porque tiene un buen sistema de recibir extranjeros". Y este semestre, además de español, incluyó ramos de ingeniería comercial.

Así se prepara también para, en cuatro meses, volver a Santiago a trabajar en una sucursal de su empresa durante un año. Y aunque echa de menos a su familia y a sus amigos, tampoco se muere de ganas por volver. "Me encanta Chile, su naturaleza, la buena comida, la gente es muy amigable".

- Ahora soy chileno, dice.

- Para ser chileno tienes que decir "poh".

- Ahora soy chileno, poh.

 

"Chile es muy famoso por su buena economía y educación".

"En japón no hay personas que vendan en las calles o en las micros".

 

Chris Bennish

 

"Tuve una visión en la que un guerrero mapuche me enfrentó y, de repente, me dijo tu destino está en Chile", comenta con especial sentido del humor Chris Bennish (25) cuando se le pregunta por qué eligió este largo y angosto país para complementar sus estudios de negocios internacionales, carrera que aparentemente poco tiene que ver con asuntos étnicos; no obstante, para este chico oriundo de Denver Colorado es materia que también es de su predilección.

Recién pisó suelo chileno por lo que aún no ha tenido tiempo de incursionar en el mapudungun ni nada que tenga que ver con periplos ancestrales. Por ahora está dedicado a instalarse en su nueva vida inserto en la Universidad de Viña del Mar donde este semestre estudiará español. A mitad de año tiene que regresar a Estados Unidos y retomar allá sus estudios.

Aunque su estadía en Chile no es su primera experiencia como estudiante foráneo apartado de su país -antes estuvo varios meses en Buenos Aires-, admite que no ha sido fácil. Y no es porque este lugar sea especialmente complicado. No, no se trata de eso. Chris evalúa las dificultades desde diversas perspectivas. "No deja de ser bueno y divertido, pero hay que ser honesto y reconocer que es difícil aprender otro idioma y todo aquéllo que implica participar de una cultura nueva".

No se atreve a hacer grandes comparaciones porque considera que es prematuro; pero siente hasta ahora que la nuestra es una sociedad abierta, m…s de lo que imaginó; aunque prefiere omitir m…s comentarios porque siente que está recién llegado como hablar de lo que no está lo suficientemnete seguro.

Cuenta que todavía en Viña del Mar, donde vive con una familia, no ha hecho muchos amigos; es más la gente que conoce de Santiago, pero confiesa que las chilenas -en general- "son hermosas". Y si se trata de hablar de otros gustos, alaba las empenadas chilenas y los "completos" a los que califica como muy superiores en comparación con los convencionales "hot dog" americanos.

 

Soffia Johannesdottir.

 

17 horas de vuelo en total le tomó a Soffia Johannesdottir (30) aterrizar en suelo chileno. Desde Islandia, literalmente al otro lado del planeta, se trasladó a Chile, sólo con unas ganas locas de conocer este país que detectó en la red y su tesoro más preciado, Rosa su pequeña hija de cuatro años.

Bien quitada de bulla, estudia español en la Universidad de Viña del Mar, lo que le ha dado excelentes resultadosa porque a menos de un año de estar viviendo en Chile, domina el idioma casi a la perfección.

"Elegí Chile porque siempre había querido venir a este país y, a través de internet, me encontré con la página de la UVM. me gustó e hice los trámites para venirme".

Acota que fue fácil y rápido. "Siempre pensé que acá tendría muchas más posibilidades de manejar mejor el español".

Soffia aclara que nunca sintió un gran choque cultural entre Islandia y Chile. "Quizás al principio había muchas cosas que me llamaban la atención pero ya ni me acuerdo". Eso sí, se sigue preguntando por qué se junta tanta gente en una sola esquina a vender cuanto hay o a limpiar los vidrios de los autos, mientras que hay muchas otras que están vacías.

De panoramas poco sabe porque, antes que salir en la noche, prefiere quedarse en casa de la familia con la que vive y con la pequeña Rosa. Igual, tiene novio, un estudiante también de Islandia y con quien suple la falta que le hacen su familia y sus amigos de allá. "Pero no hay tanta nostalgia. Quiero aprovechar cada día que estoy acá y no pnesar en otra cosa porque sé que esto es por un tiempo".

 
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