Usted está en : Portada : Lunes 1 de agosto de 2005

Señas entre dos mundos

Animas y espectros abundan en las antiguas construcciones, apareciendo de vez en cuando ante ojos atónitos que los han visto enviar mensajes, resolver asuntos pendientes o simplemente deambular a su antojo.

Susan Rojas

Crujido repentino. Sombras sospechosas. El viento golpea con

fuerza las tumbas del cementerio, mueve hasta las ramas más pesadas de árboles enormes y contribuye al entorno siniestro que necesita toda historia sobre aparecidos. Hace frío. Mucho frío, pero no es el mismo que debería preceder a la llegada de un fantasma.

 

Eso según los expertos, porque a pesar del esfuerzo y las largas

horas de espera, los muertos no dan señas que permitan un reportaje en primera persona. Ni presencias escurridizas como en "La Granja VIP", ni un galán bien vestido como en "Brujas", ni almas en pena como las que atormentaban a Haley Joel Osment para poder decir con propiedad "I see dead people".

 

Nada. Nada más que frío, pero relacionado con el invierno en

lugar de esos bruscos cambios de temperatura que alertan ante

una presencia fuera de este mundo. Quienes saben de parasicología, y también aquellos que han vivido una experiencia así, coinciden en que la sensación es radicalmente distinta. Más intensa. Más aterradora. Y más inolvidable. Eso dicen los que creen. Los otros,los escépticos, sospechan de la calefacción, de las corrientes de aire e incluso de imaginación propia o ajena.

 

"ERAN ELLOS"

 

Andrés Barros Pérez-Cotapos era parte de este último grupo. Hasta que le pasó a él. Un día se encontró con el fantasma de su hermano, que caminaba por la calle Valparaíso aunque vivía en Santiago y estaba enfermo de cáncer. Ambos habían hecho un pacto tiempo antes: "Me dijo 'cuando muera te voy a avisar'. Y me avisó". Recuerda que lo siguió hasta un café y, al no verlo ahí dentro preguntó a una dependienta si había entrado alguien. ¿Su respuesta? "Sí, entró un señor y desapareció". Llamó entonces a la familia "y él efectivamente estaba muerto". En ese momento empezó a creer. Y también a investigar, encontrándose con historias como la de don Amadeo (ver recuadro), que lo convirtieron en el parasicólogo más conocido de Chile, cerebro tras secciones en los diarios y programas en la televisión.

 

Con ese trabajo es lógico que conozca cientos de relatos, aunque

no todos resulten efectivos. "Simplemente hay gente que es muy

fantasiosa, muchas veces la persona escucha algún ruido y no

sabe cómo explicarlo; a veces se ven sombras difusas, por ejemplo". Por eso se preocupa de descartar toda explicación racional, y puede afirmar con certeza "lo que he investigado a fondo es verdad".

 

Esa seguridad suya genera suspicacias cuando es de noche y uno

se encuentra en un cementerio oscuro y vacío. Más todavía cuando

Sandro, el vigilante, relata la ocasión en que una mujer le comentó que por fin la loza ya no volaba por su casa ni las puertas se cerraban sin motivo. Era el fantasma de su madre -aseguraba-, intranquilo porque su padre no había sido sepultado en el mismo sitio. La familia de ella tenía más dinero y un mausoleo imponente. La de él, apenas una cripta.

 

Pero por fin los habían trasladado, dejándolos a un par de nichos

de distancia. "Por lo menos ahora se encontraron", le comentó

la mujer justo después que él viera una pareja de ancianos abrazados en un pasillo. Se distrajo por un par de segundos y cuando volvió a avisarles que terminaba el horario de visitas, habían desaparecido. Sandro los describió en detalle. La mujer escuchó con atención y su conclusión fue clara: "Eran ellos". "Fue aquí, frente a esta tumba", cuenta ahora el guardia con tono de guía turístico.

 

ESPECTROS EN SILENCIO

 

"Hay gente, claro, que aparece", dice Barros con naturalidad. Porque un fantasma no es más que la aparición de un muerto. Y aunque han despertado bastante interés en toda la historia, "la ciencia conoce muy poco acerca de su naturaleza", advierte Alejandro Parra, sicólogo especializado en sicología paranormal que edita la Revista Argentina de Psicología Paranormal y además coordina el Instituto de Psicología Paranormal, en Buenos Aires.

 

Según explica, estos fenómenos suelen asociarse a ruidos, olores

extraños, desplazamiento de objetos y, claro, el frío extremo.

También incluyen experiencias táctiles, voces, la sensación de

estar ante una presencia extraña y, en un porcentaje menor, imágenes que pueden ser corpóreas "mientras otras son luminosas, transparentes o pobremente definidas".

 

Se mueven a través de la materia sólida, aparecen y desaparecen

de manera abrupta y pueden incluso proyectar su sombra o reflejarse en espejos. Algunas son más bien torpes, "en tanto otras -describe Parra- parecen muy vivas en términos de movimiento y de palabra. Invariablemente, están vestidas a la usanza de su época".

 

"En el fondo, es energía que permanece en los lugares donde ha

vivido o ha fallecido una persona", agrega Barros. Para él "el

ser humano es pura energía", que a veces se mantiene después

de su muerte. "Puede ser una sombra, puede ser un ruido, puede

ser una luz o una radio que se enciende y se apaga. Ahora, por

qué aparece, eso es un misterio. Muchas personas fallecen y no

pasa nada".

 

Al parecer eso ocurre con todos los habitantes del cementerio,

al menos esta noche. Seguramente ninguno tiene nada que decir,

porque según la explicación del parasicólogo el asunto no es

tan sencillo. Para empezar, el fantasma "simplemente aparece.

No por voluntad de uno, sino por voluntad de él".

 

La segunda consideración es que se dejan ver "cuando hay alguna

emergencia, de la persona o de él. Él comunica, por ejemplo,

por qué lo han matado". Alejandro Parra confirma que "en más

del 80 por ciento de los casos que se han estudiado se manifiestan por alguna razón, como dar a conocer una crisis o muerte, dar una advertencia, aliviar una pena o proporcionar alguna información necesaria".

 

QUÉ HACEN AQUÍ

 

A la familia de Sonia la aparición le resultó bastante útil.

Poco después de haber muerto, el fantasma de su padre llegó hasta

su oficina a dejar sus cosas en orden. Por supuesto, para el

hijo -hermano de Sonia- que estaba en la casa en ese momento

resultó más bien desconcertante el oír ruido en mitad de la noche.

 

Encontró papeles en desorden y el asiento que solía ocupar el

padre evidenciaba que alguien se había sentado pocos segundos

antes. Tragándose el temor, le preguntó abiertamente qué buscaba.

La respuesta fue clara: el fantasma apareció para pedirle un

par de cosas. La primera, que cuidaran a su madre. La segunda,

que le avisara a Sonia que no gastara dinero en flores porque

llegarían siete coronas al funeral. Ella no creyó mucho, pero

cuando volvió de sus compras, ahí estaban las siete.

 

Barros cree en la vida después de la muerte. Reconoce que explicación científica no hay "porque no se puede preguntar al fantasma". Son muchas las teorías que intentan develar el misterio, pero "ninguna logra explicar satisfactoriamente todos los tipos de apariciones", precisa Parra, enumerando autores que propusieron comunicación telepática desde el más allá o simples alucinaciones.

 

Otras teorías aventuran proyecciones del inconsciente, "grabaciones" de vibraciones sobre una suerte de éter psíquico que son transmitidas a individuos sensibles, y manifestaciones de una necesidad no reconocida, una culpa no resuelta o la materialización de un deseo.

 

PEOR VIVOS QUE MUERTOS

 

Pero la tesis con mayor apoyo popular "remite a la intervención

de entidades extra-físicas no-encarnadas e inteligentes. Es decir, verdaderos espíritus de los muertos", afirma Parra. Aunque suene tétrico, Barros aclara que no es un asunto de temer. Salvo si se aparece ante quien lo ha asesinado: "Ahí claro que actúa en forma violenta". Cuando la conciencia está tranquila es sólo miedo ante lo desconocido; los fantasmas no tienen malas intenciones ni se dedican deliberadamente a dañar a los vivos.

 

La historia de Claudia lo confirma. Desde que llegó a su casa

en el centro de Quilpué, parte de su familia se ha encontrado

con el espectro de un hombre "vestido como los monjes franciscanos" que la acompaña en sus noches de estudio, que juega con su hermana menor y que incluso se apareció en la clínica el día que operaron a su madre. Ya están acostumbrados a verlo por los pasillos y aprovechan de pedirle que los cuide. "No nos importa que esté en la casa siempre que no nos asuste", advierte la universitaria.

 

Igual de imperturbable se ve Leonardo García, ya resignado a

las apariciones que describe como gente que conoce y no conoce,

"con forma de persona y algo como túnicas". Cada cierto tiempo

las encuentra junto a las camas de sus hijos o caminando por

el comedor; siente ruidos inexplicables, pasos desconocidos,

golpes en las ventanas y objetos que se mueven. La razón, cree,

estaría en la muerte de una niña que según se dice habría ocurrido justo en el sitio donde hoy está su casa del cerro Polanco.

 

Después de seis años vigilando criptas, a Sandro tampoco le molesta la presencia de fantasmas. De hecho, lo perturban más los vivos que surgen de improviso entre las lápidas: parejas en busca de un sitio oscuro y solitario, ladrones que sacan buen provecho de las esculturas o jarrones de mármol, y otros grupos un poco más oscuros que le encuentran cierto encanto a la cercanía con los muertos.

 

Entre los crujidos, las sombras y el viento queda en evidencia

que sus preocupaciones terrenales están bien justificadas cuando

llegan las voces de unos chicos que trasladaron su carrete al

límite con el cementerio. El guardia parte a cumplir con su trabajo y como ya no hay guía ni compañía entre las sepulturas, termina la noche de reporteo. Por si acaso.

 
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