Usted está en : Portada : Reportajes Lunes 15 de agosto de 2005

Perros en el poder

Los perros son uno de los poderes fácticos que gobiernan la humanidad. En nuestro patrimonial puerto nadie osa tocarlos, en una actitud similar a la que se observa en India con las vacas sagradas que pululan por campos y ciudades. Nuestros perros sagrados dejan "recuerdos" más chicos que los de las vacas; pero las vacas no muerden.

Los perros ya eran importantes en el antiguo Egipto, Persia y Babilonia. Desde entonces se acostumbraron a las alturas y maniobras del poder.

Alcibíades, general ateniense, 450-404 antes de Cristo, nieto de Pericles y querido discípulo de Sócrates, tenía un perro celebrado por su hermosura. Un día le cortó la cola suscitando variados comentarios. Eso es lo que quería, dijo, que hablen sobre la cola de mi perro y me dejen tranquilo haciendo lo que yo quiero. El hombre era un político consumado y usó la cola del pobre perro para distraer la atención de la opinión pública.

EL PERRO DEL PRESIDENTE

La primera trasmisión radial realizada en Chile, 21.30 horas del 19 de agosto de 1922, incluyó un comentario del periodista Rafael Maluenda titulado "El Perro del Presidente", aludiendo justamente al can de Alcibíades y relacionándolo con "Tony", el foxterrier del Presidente de la República Arturo Alessandri Palma.

El mandatario no se pudo quejar de injurias y no le quedó más que reír.

En su segundo mandato, 1932-38, Alessandri tuvo otro perro, un gigantesco gran danés llamado "Ulk", omnipresente en pasillos y salones de La Moneda.

Cuando cierto embajador europeo presentó cartas credenciales al mandatario, ceremonia en esos años de gran solemnidad, apareció el enorme animal, que encontró simpático al diplomático: se paró en dos patas, virtualmente lo abrazó y culminó su expresión de cariño con prolongados lengüetazos en el rostro del compungido visitante.

Alessandri, acostumbrado a pasear por las calles, se hacía acompañar de "Ulk" que se encargaba de espantar a lateros, pedigüeños y opositores insolentes.

Pasó a la posteridad, embalsamado, en una vitrina del Museo de Historia Natural de la Quinta Normal, en Santiago.

LA GUERRA ES LA GUERRA

No tuvo esa suerte "Blondi", un perro alsaciano, favorito de Hitler. El 29 de abril de 1945 el dictador nazi probó en su regalón la eficacia del veneno con que pensaba quitarse la vida pocas horas después con su mujer, Eva Braun. No usó veneno, se disparó un tiro en la boca.

Junto a Hitler estaba el cadáver de Eva con un revólver a su lado.

Ella no empleó el arma, prefirió el veneno que había probado "Blondi".

De acuerdo a instrucciones del propio Führer ambos cadáveres fueron incinerados con 200 litros de petróleo en el exterior del bunker desde donde había vivido las últimas horas de su siniestro régimen.

EN LA CASA BLANCA

Los perros son residentes habituales de la Casa Blanca.

Varios Presidentes de los Estados Unidos han tenido perros, algunos quizás por la buena imagen que da un amante de los animales, y otros por sincero afecto al "mejor amigo del hombre".

Calvin Coolidge, mandatario entre 1923 y 1929, tenía un cocker. Herbert Hoover, 1929-33, era amo de un vigilante pastor alemán que se mantenía alerta cuando aparecían extraños.

Franklin Roosevelt, que afrontó la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, tenía un scottish terrier, regalo de una sobrina.

John F. Kennedy, asesinado en 1963, tuvo varios perros, entre ellos "Pushinka", regalo de Nikita Kruschchev, su duro contendor en la crisis de los misiles que puso al mundo en 1962 al borde de una tercera guerra mundial, contienda que significaba confrontación nuclear.

Lyndon Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, Ronald Reagan, los dos Bush y Bill Clinton también paseaban sus perros y se fotografiaban junto a ellos.

George W. los lleva en su helicóptero y son los primeros en descender cuando aterriza.

Nuestro Presidente también tiene su perro, "Charlie", pero es más discreto, no viaja en avión y menos en helicóptero. Tampoco participa en las audiencias como el confianzudo "Ulk" de don Arturo.

LOS CAPRICHOS DE LULú

Haile Selassie, temido emperador absoluto de Etiopía desde 1930, también tenía sus mascotas.

Una de ellas era una perrita llamada "Lulú", que tenía el mal gusto de hacer "pipí" en los zapatos de los visitantes de palacio.

Nadie osaba corregir a "Lulú". El emperador resolvió el problema nombrando a un funcionario cuya única misión era limpiar, discretamente, los zapatos orinados con uno de esos paños que usan los cuidadores de autos.

De este ángulo desconocido del absolutismo universal, da cuenta el escritor Jorge Edwards, quien a su vez lo conoció del periodista polaco Ryszard Kapuscinski.

"Lulú" es como el paradigma de nuestros perros vagos, todos sufren sus efectos, pero nadie se atreve con ellos. La solución podría ser nombrar funcionarios encargados de recolectar los "recuerdos" de nuestros temidos regalones, expresión concreta de un poder fáctico.

 

 
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