Usted está en : Portada : Reportajes Domingo 12 de marzo de 2006

Cuando en Viña crujió el "modelo"
 
 
 

Por Julio Hurtado Ebel

El 4 de mayo de 1981 se cerró una etapa de la historia industrial de Viña del Mar. Ese día, un lunes, dejaron de humear las tres espigadas chimeneas de la Refinería de Azúcar. Cerraba para siempre la industria más importante de la ciudad y una de las más relevantes del país.

Sería el principio del fin de una etapa iniciada en el siglo XIX que correspondía a otro rostro de la Ciudad Jardín en que se producían textiles, alimentos, confites, locomotoras, barcos y hasta automóviles.

Era un rostro creativo, ruidoso y proletario que daba sustento a una red económica y social que cruzaba a toda la población permanente de la comuna constituida por empresarios y trabajadores, jóvenes y viejos, hombres y mujeres.

Desaparecían núcleos fabriles importantes que dejarían espacio para centros comerciales, hoteles o edificios residenciales en altura.

CRUJE EL MODELO

¿Se tapó el carburador del "modelo"? ¿Se le fundió el motor debido a que alguien - irresponsablemente - aceleró demasiado?

En medio de estas dudas el "modelo" crujía como citroneta subiendo la Cordillera.

Las dudas, dudas razonable todas, se planteaban a mediados de 1981 cuando el colapso de la Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar hacía estremecer a todo al modelo económico liberal que tan exitosamente habían "vendido" los Chicago-boys al Gobierno Militar.

Los ruidos de nuestro sismo local marcaban, además, el inicio de una crisis que golpearía fuerte a todo el país.

Abrazadas con Crav se ahogaban también una administradora de fondos mutuos, dos compañías de seguros y dos plantas sureñas procesadoras de azúcar de remolacha.

En la junta de accionistas de la empresa, realizada el lunes 15 de junio de 1981 en el auditorio de la Cámara de Comercio de Valparaíso, el balance dejó a la vista una situación que se venía vislumbrando semanas antes.

El síntoma definitivo del colapso había sido ese 4 de mayo en que las calderas de la otrora poderosa empresa viñamarina apagaron definitivamente sus fuegos.

Era el "Titanic" de la industria nacional que se hundía afectando el naufragio a medio centenar de trabajadores, a cientos de pequeños accionistas, a proveedores, contratistas, empresas de servicios, transportistas y al Banco del Estado.

La deuda mensurable llegaba a 307 millones de dólares, pero el "daño colateral" era cuantioso, especialmente en Viña del Mar, donde la Refinería de Azúcar era el alma, corazón y riñón de la economía de la ciudad.

¿Quién no tenía algún pariente o amigo vinculado a la Refinería?

Cada mañana, a las siete, puntualmente, un poderoso pitazo cruzaba todo el espacio urbano recordando que había que levantarse para iniciar la jornada de trabajo. El pito estaba destinado a los trabajadores de la refinería, que vivían en poblaciones cercanas a la planta, pero por aproximación alcanzaba a toda la comuna.

Y durante el día llamados similares ordenaban la vida ciudadana, incluso uno de la diez de la noche marcaba un informal "toque de queda" indicando la hora de acostarse o de escuchar el "Adiós al Séptimo de Línea", el exitoso radioteatro de Jorge Inostroza trasmitido por radio Cooperativa.

LA CIUDADELA

La planta refinadora, nacida en 1873, ubicada junto a la vía ferroviaria, cerca de la estación de Viña del Mar, concentraba en su entorno una población destinada al personal de la empresa y a sus ejecutivos quienes compartían el mismo espacio en una modalidad entre democrática y paternalista.

Toda el área se denominaba la "ciudadela" y en su interior albergaba, además de la refinería misma y una planta eléctrica, servicios médicos, restorán, biblioteca, club social, gimnasio techado, billares, una cancha de palitroques y hasta un buen cine de 500 butacas inaugurado en 1938 y abierto a todos los habitantes de la ciudad.

El arte tenía también un espacio en Crav a través de un orfeón integrado por el personal y la edición de hermosos calendarios a todo color que recreaban las mejores expresiones de la pintura chilena.

Además, en Ocho Norte casi esquina de San Martín, un estadio se ofrecía a toda la ciudad.

La ciudadela misma era un pasillo público que comunicaba las calles Limache y Alvares.

El aumento de personal de planta y las demandas laborales expandieron el área habitacional de los trabajadores llegando hasta la calles Marina y Simón Bolívar, construcciones que se mantiene hasta hoy.

Planes habitacionales de los trabajadores de Crav generaron poblaciones en el sector de Achupallas. El nombre lo recuerda: Villa Dulce.

El giro principal y original de Crav era la producción de azúcar a partir del producto crudo, el cual se importaba y se desembarcaba por el muelle de Población Vergara. Para ello la empresa contaba con lanchones y remolcadores. Puesto el producto en tierra era transportado hasta la planta por una vía ferroviaria propia mediante trenes arrastrados por pequeñas, humeantes y poderosas locomotoras que cruzaban ruidosas la Población Vergara.

La refinería producía electricidad para su consumo y para abastecer a la ciudad. Su servicio se amplió mediante plantas externas y compra a otros generadores.

Quienes pagaban puntualmente la cuenta de la luz eran generosamente premiados con una cajita de un kilo de azúcar de pan.

¡SALUD!

Como el azúcar da para mucho, incluyendo alcohol, con el correr de los años Crav industrializó los subproductos fabricando gin, ron, anís, coñac y hasta un whisky, que, dicen, noquearía al más rudo de los escoceses, pero que eran aceptables en tiempos de tragos importados con precios prohibitivos.

Producía, además, jarabes saborizantes como granadina y horchata, bebida está última que consumían como consuelo los perdedores de la ruleta en la planta baja del Casino Municipal.

En los años 20 llegó a fabricar agua de colonia y licores medicinales.

Entre los variados tipos de azúcar que ofrecía estaba una amarillenta curiosamente llamada "sindicato" - entregada como regalía a los trabajadores - que por su bajo precio era preferida por entusiastas señoras que mataban las tardes veraniegas haciendo mermeladas para el invierno.

En los años 60 del siglo pasado sumó a sus procesos la fabricación de azúcar líquido, de gran utilidad para la industria confitera nacional.

LOS TRABAJADORES

La dimensión de la empresa y las corrientes gremiales de los años 20 del pasado siglo hicieron surgir en 1927 un fuerte sindicato que tuvo alcances políticos eligiendo regidores en Viña del Mar y hasta un diputado, Rubén Hurtado O'Ryan. En algún momento ese poderoso gremio fue acusado de coqueteos con el justicialismo, movimiento que buscaba proyección en Chile.

Su acción gremial logró importantes beneficios para los afiliados hasta el punto de contar con un hotel de propiedad del sindicato en Villa Alemana.

Más allá de naturales diferencias con el sector patronal y del trauma que significó el brusco cierre de la planta, en los viejos refineros vive la nostalgia que los lleva a celebrar periódicamente reuniones de camaradería para rescatar ese "tiempo perdido" de que habla Marcel Proust.

EL COLAPSO

En la agitada junta general de accionistas del 15 de junio el directorio dio cuenta del colapso. La baja de aranceles aduaneros había dejado al azúcar viñamarino fuera del mercado nacional. Además, se habían comprado 170 mil toneladas de azúcar cruda en mercados internacionales a mil 200 dólares la tonelada, con esperanzas de revenderla. El precio cayó a 540 dólares. Para esa compra se tomaron créditos bancarios que ya no se podrían pagar.

A la vez Crav comenzó a ser el pivote de toda una estructura financiera que también crujía.

Todo este cuadro planteó en el seno del Gobierno una profunda molestia y rebrotaron en su interior dudas sobre la eficacia del "modelo".

Tanto Pinochet como Merino, porteños ambos, que conocían de la centenaria solidez de la Refinería de Azúcar de Viña del Mar, estaban indignados y pedían explicaciones a sus "Chicago boys" y a los servicios de inteligencia que no habían advertido sobre la bomba de tiempo que estallaría en Viña del Mar.

MINISTRO EN VISITA

El ingeniero Jorge Valenzuela Ravest, verdadero David que enfrentaba al Goliat que significaban los accionistas mayoritarios controladores de Crav, pidió en julio de 1981, a nombre de los minoritarios, la designación de un ministro en visita.

No fue escuchado. Sin embargo, al año siguiente el Banco del Estado, perdedor de casi 100 millones de dólares en el naufragio financiero, recurrió a la Corte Suprema, la que nombró en visita en el Cuarto Juzgado del Crimen de Viña del Mar al ministro de la Corte de Valparaíso Arturo Zavala Rojas, uno de los más destacados magistrados que ha tenido ese tribunal, ex integrante del Consejo de Defensa del Estado y ex rector de la Universidad Católica de Valparaíso.

Zavala, trabajosamente, penetró en todo el andamiaje financiero que se había montado a partir de la vieja Crav, el que incluía complejos contratos internacionales que fue necesario traducir. Debió además atender dos especiales querellas: una presentada por los trabajadores poseedores de acciones de la empresa y otra del abogado Jorge Guarello, ejerciendo "acción popular" a nombre de los pequeños accionistas.

La tarea del ministro en visita, dilatada, a veces llena de obstáculos, se tradujo en varias encargatorias de reo en contra de directivos de la empresa. A la vez, remates judiciales a partir de 1982 arrojaron como resultado magros ingresos para los afectados y un sitio eriazo gigante en el centro de Viña del Mar que hoy cobra enorme valor con la nueva avenida que significa el soterramiento de la vía ferroviaria.

Entre los bienes subastados alguien - quizás para "matar el chuncho" - compró la marca Crav y es posible encontrar en los supermercados azúcar Crav, sigla que hoy nada dice pero que por décadas marcó la existencia de toda una ciudad y de miles de sus habitantes.

 

 
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