Usted está en : Portada : Reportajes Domingo 16 de julio de 2006

El sino trágico de valparaíso
 

Por Alfredo Larreta Lavín

  "Chile es un país que parece hecho únicamente para el verano. Para el invierno no tiene nada preparado. Todos los años, en cuanto cae la primera lluvia, se desbordan los ríos, se cortan los caminos, se destruyen los puentes se anegan las ciudades".

Estas afirmaciones, de una actualidad evidente, fueron vertidas hará unos 40 años por el periodista y escritor Daniel de la Vega, quilpueíno por añadidura, aunque da la impresión de que estuviera comentando hechos acaecidos ayer.

"Parece que el invierno llegara por primera vez y nos encuentra siempre desprevenidos, agrega a reglón seguido y en tono de denuncia don Daniel.

Lo recordamos a raíz de que, una vez más, el país, especialmente la zona sur y Valparaíso, han sido azotados por temporales que provocan pérdidas de vidas humanas y cuantiosas daños en la propiedad.

 

SI NO SON LOS TERREMOTOS

 

Nuestra ciudad, al parecer marcada por un sino trágico e infausto, no es ajena a la furia de la naturaleza. Si no son los terremotos que siembran la destrucción, son los furiosos temporales en la bahía, con naufragios y víctimas fatales. O los incendios, o los aluviones, con su secuela de destrucción.

Desde que Valparaíso comenzó a tomar la configuración de ciudad, uno de los principales problemas fue el de las descargas de las aguas lluvia por sus innumerables quebradas, que van separando los diversos cerros porteños y que bajan hasta el plan.

Primero, corrían a destajo y las incipientes calles eran intransitables por los peatones, caballares y para qué decir de los carruajes, empantanados en los lodazales con imposibilidad de moverse.

Las diferentes autoridades fueron abordando paulatinamente el problema, hasta culminar a fines del siglo antepasado con el abovedamiento de los principales esteros y cauces que bajaban de las quebradas, como el del estero Las Delicias (Av. Argentina), el estero de Jaime (Av. Francia) y otros.

Una nueva etapa constituyó la construcción, aguas arriba, de una red de tranques decantadores o desarenadores, que evitarían el escurrimiento de desechos que embancarían los cauces u obstruirían las alcantarillas.

Como todas aquellas medidas fueran insuficientes, se enfatizó en la limpieza de los tranques y de los cauces, embancados la mayor parte de ellos al término de cada invierno.

Y así nació la denominada Operación Invierno, que fue una labor mas profesional que se cumple todos los años, con mayor o menor suerte, pero con buenos resultados, en general, en los últimos 30 años.

Recordamos esto, con motivo del aluvión que se precipito por la avenida Francia el miércoles, pasado luego de desbordar el tranque, y que pese a su contundencia, afortunadamente no cobró víctimas, como en ocasiones anteriores.

 

HISTORIA DE ALUVIONES

 

El más trágico de los aluviones, conocido como "La tragedia del tranque Mena", ocurrió en el fatídico mes de agosto, en 1888.

Por lo menos 75 personas murieron y otras 300 quedaron heridas cuando la avalancha se precipitó por la calle Yerbas Buenas hasta llegar a Pirámide y el centro porteño.

Don Nicolás Mena era propietario de un fundo de unas 66 hectáreas, que abarcaba casi todo el cerro Florida. Para asegurar el regadío de su tierras y abastecer de agua potable a parte de la población porteña y para una fábrica de hielo, había cerrado una garganta rocosa que se extendía por los faldeos de los cerros San Juan de Dios y de Yungay.

La represa estaba ubicada a unos 277 metros de altura sobre el nivel del mar, con una cantidad de agua almacenada en los momentos de la tragedia de unos 61.000 metros cúbicos. El tranque medía en su base 40 metros y en su parte superior 15, con una altura de 17.

El día anterior había llovido copiosamente sobre Valparaíso y el martes 11 amaneció despejado, sin que nada hiciera presagiar la tragedia. Cerca de las 8 de la mañana se sintió un ruido atronador en el sector, entre las quebradas de Yungay y de San Juan de Dios. El tranque se había roto en su base y la avalancha, estimada en unos 90.000 metros cúbicos de de agua, piedras, tierra y desperdicios, se precipitó hacia el plan. Un terraplén en el Camino de Cintura aguantó una buena parte de la avalancha, lo que significó que la catástrofe no fuera mayor, aunque luego de unos 15 minutos, también cedió, pero el aluvión bajó con menos fuerza, abarcando otras calles.

A los pocos minutos y sin que la población casi lograra comprender, escombros, barro, árboles, puertas y ventanas, quedaron esparcidos entre la plaza Aníbal Pinto y la plaza de la Victoria. Las calles Salvador Donoso y Condell, quedaron totalmente cubiertas de barro.

El cronista de nuestro Diario de la época relataba así aquellos momentos: "Era una ola de colosales dimensiones, formada por agua medio enrojecida por el lodo; de enormes peñascos que avanzaban cual si fueren piedrecillas; de troncos de árboles arrancados de cuajo; de habitaciones enteras sacadas con terreno y todo; de muebles y utensilios; de gente, en fin, arrastradas por la corriente, infelices que no habían alcanzado a huir".

Agrega que "el tranque o represa de don Nicolás Mena había sido denunciado como peligroso por nuestro Diario hará dos o más años y sin embargo nada se hizo ni antes ni después, hasta que el tiempo ha venido a darnos la más horrible de las lecciones".

El hijo de don Nicolás, Marcelo Mena Luna, más de 40 años después, a lo mejor dolido por la catástrofe, al fallecer donó casi la totalidad de su fortuna para la formación de una fundación que se dedicara fundamentalmente a la habilitación de un hospital para niños, institución que funciona hasta nuestros días.

En su testamento dispuso en definitiva la creación de cuatro fundaciones, para un hospital, un asilo de ancianos, una escuela industrial y un patronato para la repatriación de emigrados chilenos en el extranjero, constituyéndose en un nuevo filántropo de nuestra comunidad.

EL ALUVIóN DE SAN FRANCISCO

Fresco está aún en la memoria de muchos porteños el aluvión de la calle de San Francisco, el 27 de mayo de 1986, luego que colapsara el tranque en el cerro Cordillera, arrastrando a su paso tres viviendas colindantes, con un doloroso saldo de cinco personas muertas, decenas de vehículos destruidos, otras viviendas dañadas y gran parte de la ciudad cubierta con barro.

Por lo menos tres de las víctimas fatales tenían emplazadas sus viviendas bajo el embalse, ubicado poco más arriba del denominado "Chalet Picante".

El agua, barro y piedras arrasaron las viviendas y también postes del alumbrado público. En la mitad del recorrido de la avalancha por la calle San Francisco, un bus hizo las veces de represa y al ceder arrastró y destruyó una cantidad indeterminada de vehículos.

También rebasó el cauce de Bellavista, lo que contribuyó al anegamiento de gran parte del plan porteño, mientras en la bahía, por el violento temporal, se hundía el buque científico "Itzumi", luego de que sus tres tripulantes fueran rescatados.

Al igual como hoy, se había efectuado la Operación Invierno, pero las fuertes precipitaciones hicieron colapasar el sistema. Las violentas marejadas, además, ingresaban por los cauces y hacían saltar las tapas, sin que las aguas lluvias que bajaban de los cerros pudieran llegar hasta el mar.

Hay un común denominador en estas tragedias. La irresponsabilidad de los vecinos que arrojan todo tipo de desperdicios a las quebradas, que hacen imposible el trabajo de una veintena de tranques, al ser colapsados por toda clase de materiales, incluyendo catres, colchones, cocinas y hasta refrigeradores de gran tamaño.

Es necesario crear conciencia en la población, y sancionar, si ello fuera posible.

 

 
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