| Usted está en : Portada : Reportajes | Domingo 3 de diciembre de 2006 |
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| Por Fernanda García |
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Su historia y la de su familia se inicia prácticamente al otro extremo del planeta. Parecía lejana y difusa hasta que Jaime, primo de Nora Marchevsky, visitó en 1970 la entonces URSS. Aterrizó en Kiev, Ucrania, desde donde empezó a desentrañar sus orígenes. De a poco, el velo que siempre había tenido Nora respecto a sus ancestros empezó a develarse más atrás de sus cálidos y latentes recuerdos de un clan familiar que se tejió en Mendoza, Argentina, proveniente de Rusia y que poco a poco se fue expandiendo hasta tocar, uno de sus miembros, territorio chileno. El interés se contagió y fue así como los descendientes del apellido Marchevsky iniciaron su racontto desde estas latitudes hasta conectar a sus antepasados con las familias recientes. Mapas, documentos, testimonios, fotografías y hasta poesía, remiten a tiempos y lugares remotos. "Hacia 1850, cerca de los límites de esa Galicia eslava que había pasado por innumerables manos, en ese entonces parte de la provincia de Kiev, del Gran Imperio Ruso, cuando Nicolás I Romanov todavía era Zar -faltaban aún Alejandro II, Alejandro III y Nicolás II-, vivió un pequeño y oprimido judío que se llamaba Haim Marchevsky", dicen los primeros aprontes. Haim se habría casado con Doba Rabinovich y juntos se dedicaron a la principal actividad de la época: "asegurar la continuidad de la especie y proveer nuevos miembros para el Pueblo de la Alianza", consigna la investigación. No por nada fueron padres de ocho hijos de los cuales tres emigraron a Argentina. El mayor era Naum, supuestamente nacido en Malyn en 864; fallecido en Mendoza en1924 y casado en Rusia con Berta Fischman, quienes también tuvieron ocho hijos, en su mayoría nacidos en Rusia, entre ellos Raúl, en ese entonces el penúltimo, y papá de Nora Marchevsky. A la edad de dos años Raúl llegó a tierras trasandinas. Con él y sus progenitores viajaron también sus tíos Pedro y Meyer, hermanos de su padre; venían evitando la guerra. Los barcos atracaban en el puerto de Buenos Aires, pero los hermanos Marchevsky continuaron rumbo a Mendoza donde ya residían algunos parientes. De hecho, cuando Raúl llegó ya tenía varios sobrinos bastante mayores. Naim y sus hermanos se afincaron en la localidad de Palmira, a unos 40 kms. de Mendoza. Ahí se dedicaron, dos de ellos, al negocio de la panadería y el otro prefirió montar una sodería. El líquido se comercializaba en sifones que llevaban la marca Marchevsky impresa y que llegó a ser de fama en Argentina. Esta diferencia de opciones provocó las primeras rencillas entre los hermanos que después se trasladarían a sus descendientes. Raúl cursó la secundaria e influenciado por su papá y sus tíos se dedicó, una vez que egresó, al negocio de la sastrería y las telas. La herencia judía siempre estuvo presente por lo que desde muy joven se contactó con la comunidad en Mendoza. Ahí gestó varias amistades, entre ellas a los hermanos de Fira Stilerman, la que se convertiría después en su esposa; también hija de inmigrantes, David Stilerman y Ana Antopolsky, oriundos de Kobrin, Polonia.
RECUERDOS INFANTILES
Fira nunca tuvo muchas motivaciones para compartir con los Marchevsky. Los encontraba invasivos. No era para menos. Una simple reunión familiar, catalogada de íntima, significaba convocar a más de 60 personas. Eso la sobrepasaba y ella decía que se engentaba con semejante familión. Por eso se le recuerda como bastante evasiva en estas juntas. Prefería dedicarse a su hija única, Nora, que tiene latentes las increíbles reuniones con la impronta Marchevsky. Cuando nació Nora ya habían fallecido sus dos abuelos, Naum y David. Quedaban las abuelas, Berta y Ana. La primera era la típica señorona europea; siempre vestida de negro, con pañuelo en la cabeza como las judías religiosas. No comía sino era Kosher, típica comida judía, y poco manejaba idioma. Todo eso impidió que se estableciera un vínculo fuerte con su nieta. Pese a que la recuerda como una mujer cariñosa y divertida, nunca logró entenderla. Murió cuando Nora se empinaba a los nueve años. No así con su abuela materna Ana, conocida como una mujer moderna, tanto así que incluso hoy sería tachada de progresista. Se maquillaba y teñía el pelo, viajaba sola por el mundo y era filántropa con una especial tendencia a la ayuda social. A diferencia de Berta, fue muy cercana a Nora, su regalona quien la veía como una reina, capaz de manejar todo a su alrededor. Gran cocinera y anfitriona, se lucía en los almuerzos familiares. Tuvo cinco hijos y cuatro nietos. Se casó dos veces y de su segundo marido se separó porque le pareció que era un neurótico. Así, Nora prefería las reuniones de su abuela materna, quizás porque como eran más pequeñas, se sentía más protagónica. Pero no todo era miel sobre hojuelas. Las rencillas familiares entre los hermanos Marchevsky repercutían entre los primos, que sin saber por qué estaban peleados sus padres, no se hablaban. Nora recuerda que en la secundaria, le tocó en el mismo curso encontrarse con Graciela, su prima, ambas cargaban el mismo apellido. Todos les preguntaban si eran hermanas y ellas lo negaban rotundamente. Si la consulta se dirigía a que si eran familiares, el mutuo silencio era sepulcral. Al cabo de tres meses tuvieron que admitir su nexo. No obstante las separaciones por disputas, la familia seguía siendo numerosísima; al punto que Nora reconoce en su memoria algunos episodios en su adolescencia en los que se sintió ahogada por este clan tan achoclonado. Al tiempo, junto con caminar hacia la madurez empezó a sentir que era rico pertenecer a ese grupo tan querendón, lleno de historias y anécdotas.
GIRO IMPENSABLE
Alcanzada esa lucidez, a los 20 años la vida de Nora daría un giro impensable. Fira, a la edad de 48 años, murió en un accidente automovilístico, justo cuando su hija había iniciado su camino profesional en La Plata a donde se había trasladado para estudiar en la universidad. Aunque todos esperaban que se inclinara por la medicina, Nora reconoce que una "tranca" con la sangre hizo que la descartara. Primero pensó en filosofía, pero su papá se negó aduciendo que era un campo muy politizado y "raro". Ya tenía el título de profesora de educación básica, pero nunca ejerció, así que se decidió por sicología. Los hermanos Marchevsky fueron comerciantes y no estudiaron más allá de la secundaria porque no se podía, pero igual aspiraban a que sus descendientes fueran profesionales. Era una época en que si un hijo estudiaba ingeniería, se necesitaba capital para que tuviera una empresa y construyera. Por eso, la medicina era la mejor opción ya que si no existía ese recurso, el argumento era que en todas partes había enfermos.
SALTO A CHILE
No obstante, la hija de Raúl y Fira mantuvo su elección y después se daría cuenta de que siguió la vocación correcta. A pesar del dolor por la muerte de su mamá, Nora permaneció en Buenos Aires donde también, al igual que en La Plata, encontró parientes, incluso conoció a algunos de los que no sabía su existencia. Allá entabló nuevos vínculos familiares. Pero fue en un verano viñamarino en el que conoció, por un amigo en común, a un artista plástico y fotógrafo, Francisco Rivera Scott, de quien se enamoró. Se casaron en 1970 y se instalaron en la Ciudad Jardín. En tanto Raúl, viudo, emprendió una nueva vida en pareja. En Mendoza conoció a una mujer también viuda, madre de dos hijos que vivían en Israel a donde viajaron muchas veces hasta que en algún momento decidieron instalarse allá. Era lógico dado que la elección era entre Viña del Mar o Israel. La posibilidad de una mejor calidad de vida y mayores garantías para la gente anciana los hizo optar por Medio Oriente. Igual fue difícil porque él era una persona comunicativa y al no hablar el idioma se le redujo sustancialmente el mundo. Sobrevivió hasta los 97 años, falleciendo hace poco más de un año. Raúl murió sin haber regresado nunca a Kiev. Su espíritu anticomunista se lo impidió, aunque muchas veces estuvo muy cerca, en la frontera. Sin embargo, se negaba a cruzarla, incluso cuando se disolvió la URSS. Para él era más que un ideal; su tema era la libertad del hombre, más allá de los convencionalismos establecidos por la derecha o la izquierda. Su discurso pregonaba que un pueblo libre no podía estar oprimido y sin derecho a opinar. Como un romántico empedernido, se mantuvo firme en su pensamiento hasta el día de su muerte.
SICÓLOGA Y SICOPEDAGOGA
Recién casada e instalada con camas y petacas en Viña del Mar, Nora participó de la formación del Centro de Diagnóstico Infantil en el año 1971, junto a un equipo multidisciplinario, lo que resultó ser una novedad para la época porque se emplazaba como una escuela especial donde trabajaban con niños con problemas de aprendizaje severo. Nora era la sicóloga del grupo. Después de algunos años se sintió estancada porque lo único que hacía era tomar test sicométricos que de creativos no tenían nada. Justo coincidió con que, por causas familiares, tuvo que trasladarse un año a Mendoza. Había nacido Rocío, su primera hija. De vuelta en su ciudad natal hizo un curso de dislexia; se destacó en el grupo, por lo que los docentes la invitaron a perfeccionarse en las áreas de aprendizaje. Con ese bagaje volvió a Viña del Mar y reanudó su labor en el Centro, pero ya en calidad de sicopedagoga, labor que cumple hasta hoy en el mismo lugar gracias a que el grupo de profesionales que lo creó se consolidó y posteriormente se incorporaron otros médicos. Mientras, nacieron sus otras hijas mellizas Maite y Anahí, que junto con Rocío son hoy las tres profesionales. Aunque los recuerdos están latentes, nada de tradiciones rusas o polacas mantiene Nora en su casa, pero sí la satisfacción de una historia familiar de lucha y empuje de la que está especialmente orgullosa.
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