| Usted está en : Portada : Ciudades | Lunes 2 de abril de 2007 |
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Sindicatos mineros, sobrevivientes y familiares recordaron la muerte de 300 personas. VÍCTOR VARGAS |
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Yo me alcancé a salvar con mi señora, porque el relave dobló hacia el río, pero mi hijo de 14 años no tuvo la misma suerte y falleció, señor", recuerda con ojos húmedos Baldomero Díaz, uno de los pocos sobrevivientes del terremoto de 1965 que agrietó los muros de contención del tranque, provocando una verdadera avalancha de agua y lodo que sepultó en cuestión de segundos la apacible vida del pueblo El Cobre de El Melón, en la comuna de Nogales. Fue un domingo 28 de marzo, hace exactamente 42 años, aniversario que sindicatos mineros, familiares de las víctimas y sobrevivientes recordaron en un ambiente de profundo recogimiento, con una misa que se efectuó a un costado de la capilla, mudo y único vestigio visible de la mayor tragedia minera de la que se tenga memoria.
Ceremonia
En la ceremonia, los encajonamientos de la Banda de Guerra del Liceo Felipe Cortés daban paso al repicar de las campanas y éstos al respetuoso minuto de silencio que guardaron los presentes, encabezados por el alcalde de Nogales, Oscar Cortés, el gerente de la División El Soldado, Giancarlo Bruno, entre otros. Justo cerca del mediodía, hace 42 años, el sismo, con epicentro en La Ligua, agrietó los muros de contención del relave, situado en la parte alta del pueblo. La presión de las toneladas de lodo, agua y desechos químicos del refinamiento de cobre hicieron presión contra la estructura que terminó por ceder, desatando una densa y enorme avalancha que arrasó con todo lo que encontró a su paso. Muchos no alcanzaron a huir, siendo arrastrados por la corriente de barro que adquiría más fuerza y velocidad a medida que se abría paso entre las empolvadas calles del campamento minero. Las cifras oficiales registraron 252 personas muertas y 83 viviendas destruidas, pero los sobrevivientes acotan que fueron muchos más, por tratarse de un día de visita. El Parque de los Mineros, bajo frondosos árboles plantados por los testigos vivos de aquel infierno, retumbó una vez más ayer con las plegarias de quienes año a año vuelven al lugar para pedir por los que partieron, por sus seres queridos que no tuvieron tiempo ni espacio para huir de la ira de la naturaleza.
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