Usted está en : Portada : Reportajes Domingo 10 de agosto de 2008

La ruta fatal

Un siglo antes de la tragedia de Queronque otra catástrofe ferroviaria ocurrió en el mismo sector, con un saldo de muertos, heridos y daños, dejando, como siempre, muchas preguntas sin respuestas.

JULIO HURTADO

Era un viaje lento para nuestros días, pero rápido, cómodo y seguro para esos tiempos. Era el viaje en tren entre Valparaíso y Santiago que partía recorriendo la costa, para internarse luego entre cerros y valles sorteando alturas, pasando por túneles y cruzando ríos y esteros mediante audaces puentes.

Eran los primeros tiempos del ferrocarril hasta la capital, vía de 187 kilómetros de extensión cuyo trazado se mantiene hasta el día de hoy.

Fue un martes -no te cases ni te embarques-, 6 de julio de 1875. El ferrocarril, inaugurado en 1863, se había popularizado y el veloz viaje ya no asustaba como al principio y nadie se acordaba de las diligencias y los carreteros que habían quedado sin trabajo al caer en desuso el colonial camino vía Casablanca. Caballos, bueyes, mulas y, lo que es peor, cientos de trabajadores estaban cesantes debido a la modernidad del avasallador ferrocarril.

El convoy mixto partió, puntualmente, a las diez y media de la noche desde la Estación Barón y debía llegar a la capital a las seis de la mañana del día siguiente. Siete horas y media de recorrido. Detención en 18 estaciones en total. Mucho tiempo hoy, pero entonces un viaje de incitante velocidad impulsada por ruidosas y humeantes locomotoras a vapor fabricadas en Gran Bretaña y conducidas por maquinistas, generalmente gringos.

 

LUJO PARA SANTIAGO

 

Pero este fue un viaje importante, para la historia. Mereció ser relatado por el gran cronista Vicuña Mackenna:

-“Había salido como de ordinario el tren mixto de Valparaíso a las diez y media de la noche, para amanecer en la Estación de Santiago a las seis de la madrugada siguiente.

Componíase el convoy de catorce carros, cargados con 979 bultos de valiosas mercaderías, espejos, pianos, sederías, artículos todos de lujo para la lujosa Santiago, que se aderezaba ya para su Dieciocho y su Exposición. Venía también un carro cargado con tarros de pintura de muralla y parafina, y otro con carbón de piedra concentrado para fragua”.

Y entrega el escritor la nota humana:

-“Iba el tren a cargo del maquinista Francisco Mac Cabe, vigoroso joven irlandés, radicado en el país y casado, como todos los irlandeses de Chile, con chilena, y el conductor Manuel Valdivieso Araos, joven de 23 años, sus mayores edificaban palacios y los daban de regalo”.

Y con precursora precisión periodística agrega:

-“Seis palanqueros completaban el servicio del convoy, a cargo de su cabo respectivo, Severo Padilla.

En cuanto a los pasajeros, sólo uno había tomado boleto de primera clase hasta Santiago, y era el animoso artista francés Cheri Labrocaire. Veintitrés pasajeros de segunda y de tercera, vendedores del mercado la mayor parte”.

Un cuarto para las once de la noche el tren se detuvo en la pequeña estación de Viña del Mar y a las once, en El Salto. La locomotora, bautizada como “Llay Llay”, llenó de agua el estanque de su caldera. Paró luego en Quilpué y de ahí a Peñablanca. No existía aún Villa Alemana.

La noche era fría, el cielo estrellado, el campo húmedo por las recientes lluvias, los esteros crecidos, nos cuenta Vicuña Mackenna y añade una nota “sociológica”:

-“Los carros de pasajeros venían a retaguardia del convoy, pero en el orden inverso de las categorías. Los rotos, adelante; los Lisperguer, atrás; la gente de medio pelo, en el medio”.

Y aparecen los caprichos del destino. Un pasajero que había tomado boleto de tercera en Peñablanca para ir a Limache, se quedó dormido en la estación y perdió el tren. Ganó la vida.

 

MUERTE EN LA VÍA

 

El convoy sigue su marcha facilitada por la pendiente de la vía entre Peñablanca y Limache. Son sólo 12 kilómetros. Entra en la ruta fatal, la misma donde 111 años después ocurriría la peor tragedia ferrroviaria del país, Queronque, decenas de muertos y cientos de heridos.

Pasa un puente y llega a otro de 60 metros, de hierro, aparentemente sólido que descansa sobre tres machones de piedra, el Puente Limache. De nuevo Vicuña Mackenna:

-“Pero apenas se ha lanzado el pesado tren en sus vigas, la construcción entera se estremece; el machón del centro se desmorona como una frágil miga; el puente se abre en toda su extensión y en un sentido longitudinal; y arrastrando el convoy entero, se desploma sobre su costado como un monstruo fatigado que se tiende y revuelca sobre la arena”.

Solo escapa la locomotora que virtualmente salta y queda en vía junto a un carro de carga. El resto del convoy cae al lecho del estero, que lleva poca agua. Los carros de pasajeros se amontonan sobre los de carga y corona la caótica pirámide el coche de primera clase, que lleva un solo viajero, el francés Labrocaire.

Conductor y palanqueros mueren aplastados.

Y a la caída se suma un incendio provocado por los faroles a parafina que iluminan los carros. Las llamas prenden las cargas de carbón, pintura y parafina que va en los carros de carga. Infierno de hierros retorcidos y maderas ardientes.

El incendio ilumina la tragedia y cobra numerosas víctimas.

Gritos, llanto y muerte. En medio de caos, el francés sobreviviente logra salir de su compartimento e inicia el rescate de las víctimas. Junto a un palanquero ileso libera a seis personas, entre ellas dos mujeres.

Entre tanto, el maquinista Mac Cabe, en la locomotora aún funcionando, a toda velocidad llega a la estación de Limache en busca de ayuda.

El accidente había ocurrido a las 11.45. A la una de la madrugada del miércoles el gobernador de Limache, José Orrego, llegó al lugar de la tragedia con un equipo de rescate que incluía no sólo un médico sino que un sacerdote para ayudar a los que seguían viaje al más allá. “Sus servicios han sido muy limitados”, decía luego en telegrama oficial al intendente de Valparaíso.

En la madrugada el maquinista, capitán de buque náufrago, informaba a sus superiores de la catástrofe en un telegrama despachado desde Limache:

-“En este momento vuelvo del lugar del accidente. Todo el puente completamente quemado. Carros sólo ha salvado uno de carga y hecho pedazos. Mercaderías casi todas quemadas.

El conductor, el capataz y dos palanqueros no aparecen.

De los pasajeros no se sabe el número que haya perecido. Sólo uno se ha encontrado ahogado. Todo lo demás es un montón de cenizas. F. Mac Cabe”.

 

MORBOSA CURIOSIDAD

 

Las malas noticias mueven multitudes. Informa El Mercurio luego de la tragedia:

-“Mil y tantas personas habría ayer en el sitio de la catástrofe de antenoche. El piquete que hacía la guardia era frecuentemente envuelto por la muchedumbre que, a cada girón de ropa, a cada miembro de un cuerpo que se descubría, se precipitaba gritando: es el pantalón de fulano, es el brazo izquierdo de sutano…déjennos verlos…Hubo momentos en que fue imposible contener a la gente por medios razonables y hubo que emplear las culatas de los fusiles”.

Por su parte el fotógrafo francés Garreaud, famoso retratista de Valparaíso, se trasladó al lugar de la tragedia para tomar algunas “vistas”, que según El Mercurio serían “interesantísimas”. Historia gráfica perdida en el tiempo.

 

RECRIMINACIONES

 

Las pérdidas fueron cuantiosas. Además de nueve muertos, cien mil pesos en mercaderías y daños materiales en los equipos ferroviarios por un tercio de esa suma, cantidades siderales en tiempos de “pesos fuertes”.

Y, por cierto, las preguntas sin respuesta. Vicuña Mackenna nuevamente:

-“¿Cómo un tren caído en el agua había podido incendiarse?

¿Cómo un convoy de catorce carros volcados sobre un puente podía estar convertido en una hora en un montón de cenizas? ¿Por qué misteriosa causa un choque que había demolido malecones de sólido granito y sacrificado tantas vidas en su estallido, no logró apagar uno solo de los tres frágiles candiles de los carros de pasajeros? ¿Y quién, por último, había dispuesto que en el centro mismo del convoy fuesen dos carros completamente listos para servir de combustible, el carro de parafina y el de coke?”

Sumarios y, finalmente, la nebulosa de siempre que cubre las sepulturas de las víctimas.

 

 

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ATENTADO Y ACCIDENTE

 

El 17 de febrero de 1986, en el mismo tramo de la vía entre Peñablanca y Limache, en el sector Queronque, chocaron de frente dos trenes con un total de mil viajeros.

Eran dos automotores. Uno corría desde Puerto a Mapocho, aún no sacaba patente de centro cultural, y otro viajaba de Los Andes a Puerto.

Lo hacían por la única vía en servicio. Ambos convoyes avanzaban, sin saberlo, hacia el encuentro fatal. No operaba la doble vía. Una había sido dañada el año anterior por un atentado y por un robo de cables las comunicaciones no funcionaban.

El encuentro fue brutal. El convoy de Los Andes se incrustó en el que corría a Mapocho. Resultado, 58 muertos y 510 heridos. La peor tragedia ferroviaria en Chile.

 

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CURADITO CON SUERTE

 

El eterno curadito viajaba también en el tren de la muerte. Salvó con vida. El Mercurio:

“Nadie se explica cómo sucedió que un hombre completamente ebrio escapó sano y salvo cuando los que iban en el mismo carro perecieron o se salvaron mal heridos.

El caso es que el mencionado sujeto se encontró como por milagro en medio del riacho no sabiendo él mismo a qué atribuir este cambio de asiento, pues preguntaba: ¿Dónde estamos? ¿Por qué nos deja la máquina? Hágame el favor, señor, de decirles que se aguarden un poquito, que me llevan la botella con aguardiente”.

 
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