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Jueves 9 de abril de 2009
De soldados del mar a combatientes del Siglo XXI

El duro entrenamiento de la Infantería de Marina en la bahía de Tongoy.

Efectivos del Campamento Rancagua del cuerpo de Infantería de la Armada.

Tareas diversas

Pero esta situación lejos de desanimarlos, sólo los obligará a mantenerse aún más en terreno y a la vez renovar parte de sus equipos que ya denotan el paso del tiempo, algo que no necesariamente les molesta.

Como explica un joven teniente dentro de un jeep camuflado cuando se relaja un poco: “Aunque soy marino, yo me aburriría dentro de un buque si estuviera mucho rato. Aquí en el terreno, una vez desembarcados, podemos hacer cosas diferentes cada día. Trabajar con soldados, conducir unidades, por pequeñas que estas sean, es siempre apasionante”.

A la espera de los nuevos llamados que vengan, las tropas se mantienen entrenando para enfrentar a otras fuerzas regulares hipotéticas, sin nombre ni apellido. Ya sea subiendo farellones costeros cortados en 90 grados o mejorando las capacidades de ataque nocturno. Acá no hay tiempo para distraerse de las obligaciones, y es más, muchos parecen estar disfrutándolo.

“Mientras podamos estar en terreno, entrenando y disparando para mejorar nuestras capacidades (los Infantes de Marina) debiéramos estar bien”, dice con calma el contraalmirante Del Real subido en un promontorio a la orilla del mar mientras sus hombres trepan por las rocas y las olas del Pacífico rugen de fondo.

 

Los infantes de marina, que se definen por sus capacidades anfibias y de operación alejada de sus bases, tienen un creciente protagonismo en las misiones de paz, que se suma a su tradicional tarea de proyectar fuerzas desde el mar hacia tierra y defender las costas del país. Acompañarlos a un entrenamiento en Puerto Aldea permite entender mejor en que se encuentra este cuerpo de la Armada.

El sol pega fuerte sobre el campamento militar donde se coordina el avance de los cientos de infantes de marina que han empezado a internarse tierra adentro en distintas misiones. En un principio ningún “enemigo” salta a la vista, pero en la medida que progresa el avance los blancos que simulan siluetas de papel y otros tantos pedazos de metal desperdigados por el terreno pedregoso de la bahía de Tongoy empiezan a sufrir el castigo de plomo de los efectivos de este Cuerpo de la Armada, conocido por su fiereza.

Caminando por este terreno salpicado de cactus, arbustos y piedras, el contraalmirante Cristián del Real, recibe directamente de sus 800 oficiales y tropas que participan en los ejercicios las respuestas sobre cómo salieron las nuevas raciones de combate o las correcciones que necesitan las miras de los fusiles de los francotiradores que disparan a objetivos ubicados a no menos de 1.000 metros.

Nada puede quedar para la improvisación en este cuerpo de la Armada de Chile que cuenta unos 3.000 hombres repartidos entre Iquique, Concón, Talcahuano y Punta Arenas y cuyo origen es tan antiguo como la Escuadra misma, aunque con el tiempo haya ido cambiando de nombre y funciones.

Herederos de los “soldados del mar” que tenían como misión defender los primeros buques de la flota de los asaltos enemigos (y tomarse los españoles, por lo demás) y de los artilleros de costa que operaban baterías para proteger los puertos, hoy los infantes han llegado a configurar un cuerpo que se define por su capacidad anfibia y expedicionaria.

Es así como se explica que los rectángulos de colores con nombres claves que aparecen en los mapas digitales del puesto de mando, en el terreno se traduzcan en efectivos armados con fusiles automáticos, carros blindados de reconocimiento y ataque, obuses de artillería y botes tipo Zodiac, que coparon este pedazo de la costa nortina tras desembarcar del buque de transporte Valdivia.

Porque en esta flexibilidad de moverse por el mar para luego operar en territorios alejados de sus bases, es donde radica el sello de la Infantería de Marina y sin la cual no es posible entender a cabalidad su participación decisiva en las Misiones de Paz de Naciones Unidas.

 

APORTE A MISIONES DE PAZ

 

“Si lo hacemos bien en Haití es porque acá lo hacemos bien”, dice con convicción el contraalmirante Del Real, comandante general del Cuerpo de Infantería de Marina, al validar la importancia de estos ejercicios en las inmediaciones de Puerto Aldea.

El aporte de este cuerpo a las misiones de paz ha llevado a los infantes a lugares tan remotos como Chipre o Camboya, además de su actual participación en la empobrecida nación caribeña. Desafíos no menores, si se tiene en cuenta que ellos han puesto los heridos en combate de las tropas chilenas en la misión en Haití.

Todos estos despliegues son producto de los compromisos adoptados por el Estado chileno para aportar a la paz y estabilidad del sistema internacional y que todo indica irán aumentado con el tiempo.

El 2010, debiera estar operativa la fuerza combinada argentino-chilena Cruz del Sur para ser puesta al servicio de la ONU, una muestra inédita de cooperación entre los dos países. La Infantería de Marina también estará ahí.

A lo anterior, se añaden las nuevas exigencias que derivan de Ley 20.297 que norma la salida de tropas chilenas al exterior y que incluyó el año pasado entre sus disposiciones adicionales dos que facultan al Presidente de la República para disponer la rápida o inmediata salida del territorio de contingentes no mayores a una unidad fundamental, una compañía (unos 130) o su equivalente, sin el visto bueno previo del Senado.

Estos casos excepcionales apuntan a la urgencia de proteger, rescatar o evacuar a civiles chilenos que se encuentren en una zona de conflicto armado con peligro inminente para sus vidas o cuando se haya acogido la solicitud de Naciones Unidas para que sus Estados miembros actúen con rapidez enviando tropas para impedir graves daños a la población civil en una zona de guerra. Cláusulas casi hechas a la medida de una fuerza con capacidad para operar fuera de casa en situaciones no infrecuentes en el siglo XXI.

 

DEMANDA CRECIENTE

 

“En la medida que el Estado vaya asumiendo más compromisos en el ámbito internacional, es lógico que la Infantería de Marina debiera ir asumiendo más roles”, admite el contraalmirante Del Real, que a sus 56 años ya lleva más de 36 en esta fuerza y cuyas palabras se basan experiencias reales adquiridas en lugares hostiles como el sur de El Líbano en 1991, donde más de alguna vez le tocó interponerse entre combatientes decididos a trenzarse a balazos y para quienes las Convenciones de Ginebra son letra muerta

Sin embargo, el hecho de que los infantes de marina profesionales sean sólo 2.200 (800 son soldados que efectúan su servicio militar) y que la misión en Haití ya lleve cinco años, por ejemplo, ha implicado que muchos ya estén en su segundo turno de seis meses en la nación caribeña. Lo que ningún caso significa un castigo, ya que en el campamento de campaña muchos oficiales jóvenes lo ven hasta como un premio, algo que incluso se palpa cuando uno visita Cap Haitien, sede del Batallón Chile.

El punto es que la demanda por infantes de Marina es creciente y a pesar del compromiso que demuestran en terreno los llamados “cosacos” (nombre que proviene de un antiguo abrigo que usaron y que evocaba a los guerreros del Don), no se puede evitar tener la impresión de que siempre faltan más tropas para copar puestos tales como enfermeros de combate o francotiradores de las unidades en el lugar. Muchos compañeros están fuera del país, otros ocupando puestos administrativos o se han integrado a las fuerzas especiales de la Armada.

 

Juan Pablo Toro

jptoro@mercuriovalpo.cl