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Domingo 7 de junio de 2009
Cuando la Segunda Guerra Mundial tocó la puerta
En un reciente libro, el almirante ( r) Jorge Martínez revela las medidas que tuvo que adoptar la Marina ante la posibilidad que ese conflicto llegara a nuestras costas.

Existe un principio en nuestra política exterior que lleva a Chile a no tomar partido por ningún bando cuando se producen las grandes crisis de seguridad en el mundo. No importa si hoy se trata de nuestros socios comerciales de Corea del Sur amenazados por sus vecinos del norte o mañana quién sabe.

La lógica realista detrás de este principio -que sigue vigente-, indica que un país pequeño tiene más que perder que ganar cuando finalmente se decantan los conflictos y los bandos ganadores empiezan a pasar las cuentas a quienes se colocaron en una u otra orilla.

Sin embargo, un momento en la historia de Chile donde esta postura se vio seriamente comprometida fue justo hace 70 años, tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

De esa situación y del rol que tuvo la Marina como garante de la seguridad nacional trata el libro "La Armada de Chile durante la Segunda Guerra Mundial: bitácora de seis años", del almirante (r) Jorge Martínez Busch.

TEATRO DE OPERACIONES

Durante ese complejo sexenio, todo o gran parte del peso de la defensa de la soberanía recayó necesariamente en la Armada de Chile, puesto que el Pacífico se convirtió en un teatro de operaciones y ya en ese entonces el comercio marítimo era clave para nuestra economía.

Además, en la práctica, una operación terrestre de las potencias del Eje por estos lados era imposible, así que cualquier amenaza vendría por el mar.

Para Chile, según Martínez Busch, la guerra tuvo dos momentos. El primero, entre 1939 y 1943, cuando la posición del país hacia el conflicto mundial se definió por la neutralidad y la convergencia con Estados Unidos, entendida esta última como una solidaridad con la potencia hegemónica en el continente. Una situación bastante insostenible si se quiere, sobre todo tras el ataque nipón a Pearl Harbor en 1941, pero que era consistente con el propósito buscado desde el siglo XIX de mantener a toda costa relaciones equilibradas con Alemania, Gran Bretaña y Francia, los socios de Japón y Estados Unidos en la conflagración.

El segundo momento se dio entre 1943 y 1945, tras el rompimiento de relaciones con los países de Eje y que tuvo como corolario la tardía y hasta cierto punto oportunista declaratoria de guerra a Japón.

PREPARACIÓN EN LA ESCASEZ

Durante todo este período, la Armada se vio ante la realidad de que las naves con que contaba, aunque eran de mediana antigüedad, prácticamente no disponían de armamento antiaéreo y antisubmarino, dimensiones que cobraban fuerza en la guerra en el mar. También escaseaban las tripulaciones para dotar a todos los buques, así como se requería de forma urgente de aviones de exploración marítima.

Y más encima, el gran componente del poder naval chileno, el acorazado Almirante Latorre con sus impresionantes 32.000 toneladas de desplazamiento a plena carga (una de las actuales fragata holandesas desplaza 3.300 toneladas), era sometido a reparaciones que lo mantuvieron inmovilizado mientras duró la guerra.

Pero no por eso la Armada se cruzó de brazos o delegó sus tareas de patrullaje en Estados Unidos. Al contrario, hasta barcos balleneros se arrendaron para ser ocupados en tareas de vigilancia costera.

Los puertos de Tocopilla, Antofagasta, Chañaral y San Antonio se reforzaron con piezas de artillería y personal estadounidense. Y a la vez, se intensificó la vigilancia en la ruta estratégica del Estrecho de Magallanes.

Como recuerda Martínez Busch, en la época existía el convencimiento de que tras el rompimiento con el Eje, la potencia que actuaría en la costa del Pacífico sería "únicamente el Japón por medio de submarinos, portaaviones y corsarios". En particular, se preveían ataques en la zona norte de Chile, por ser un eje minero-industrial.

Finalmente, la guerra no llegaría a nuestras costas, aunque nos preparamos como pudimos para ese escenario. Quienes sí sufrieron el rigor del conflicto fueron los 28 tripulantes del barco Toltén de la Compañía Sud Americana de Vapores, quienes murieron cuando fue atacado el mercante en el Atlántico en plena campaña submarina alemana.

LECCIONES PROFUNDAS

Sin embargo, los efectos y las lecciones que dejó la Segunda Guerra Mundial para la política de defensa de Chile serían profundas.

En el campo de las fuerzas armadas, en general, se generó una cooperación militar de Estados Unidos que extiende hasta nuestros días con equipos, entrenamiento de oficiales y la presencia en Chile de misiones de ese país.

Para la Armada, el período sería muy enriquecedor y no sólo por la modernización que vino después. Según el autor, la enseñanza más clara que dejó a las autoridades fue que en materia de poder naval no se puede improvisar, ya que en cada "ocasión en que hemos estado débiles en el mar hemos sido agredidos y afectados en nuestros intereses". Por eso, tener una flota adecuada es la mejor garantía que la guerra no volverá a asomarse en el horizonte.

JUAN PABLO TORO

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