Año 173 - Nro. 59408 - Lunes 14 de Agosto de 2000

Entraron a la historia a punta de goles

En la historia de Wanderers hay nombres que no se olvidan. Son los goleadores máximos: Vener, Ferrero, Tobar y Alvarez, entre ellos.

Mario Vener fue el primer jugador de Wanderers que logró ser máximo anotador del torneo nacional. El "Tanque de Tandil" tuvo el 96 la mejor temporada de su vida.

En los 108 años de historia de Santiago Wanderers, el decano del fútbol chileno, son muchos los nombres de quienes defendieron sus colores y se caracterizaron por su esencia goleadora.

No era ni es tarea fácil hacer levantar de sus asientos a miles de hinchas para celebrar un tanto, pero ellos supieron de la felicidad máxima de este deporte. Nada es igualable a la emoción que siente un jugador tras conseguir una anotación. El abrazo sudoroso de sus compañeros, la risa, los gritos y hasta los besos y el llanto, en algunas ocasiones especiales, se confunden y atrapan al goleador, dejándolo en un estado de éxtasis y de euforia incontenible por algunos momentos.

Por eso, la hinchada caturra los recuerda con singular devoción, por haber sido capaces de alegrarles una tarde de domingo y permitirles festejar cada victoria que obtenían, sobre todo en Playa Ancha, reducto que antaño tuvo fama de inexpugnable.

La vitrina profesional de Wanderers exhibe a grandes goleadores, de Fernando Campos a Reinaldo Navia, pasando por los cracks Raúl Toro, José Fernández, Félix Díaz, Nicolás Moreno, Armando Tobar, Jesús Picó, Ricardo Díaz, Juan Alvarez, Ricardo Cabrera, Mario Griguol, Alberto Ferrero, Jorge Dubanced, Juan Carlos Letelier, Carlos Gustavo de Luca, Alejandro Glaría, Mario Vener, entre otros. Son en total cientos de anotaciones que quedaron grabadas para siempre en el recuerdo de los porteños de varias generaciones y en el de sus protagonistas.

FERRERO TOCÓ LA COPA LIBERTADORES

En la única participación que tuvo Santiago Wanderers en Copa Libertadores de América, el año 1969, en su calidad de campeón del fútbol profesional chileno, el uruguayo Alberto Ferrero dejó inscrito su nombre entre los máximos artilleros de la mayor justa de clubes hasta hoy disputada.

Con nueve tantos, Ferrero le brindó a los caturros la oportunidad de llegar a octavos de final, tras enfrentar a rivales como Universidad Católica, los peruanos Sporting Cristal y Juan Aurich, a Nacional de Uruguay y Deportivo Cali de Colombia.

-¿Pensó alguna vez ser goleador de la Copa Libertadores?

"Yo había estado ya en tres Copas con Peñarol de Uruguay, club con el conseguimos el título de campeón de América y, también, de la Intercontinental, pero como era muy joven no tuve la continuidad suficiente como para ser goleador. En cambio, jugando por Wanderers la situación fue diferente y aproveché la ocasión para convertirme en el máximo anotador del cuadro porteño, gracias al trabajo de conjunto".

-¿Quiénes fueron los compañeros que más influyeron para que cumpliera su misión?

"Me entendí muy bien con Mario Griguol y Reinaldo Hoffmann, grandes jugadores de los Panzers. A Mario lo conocía desde que integró la selección argentina, pero nunca había jugado con él hasta que llegó en 1968 desde San Luis. El sabía perfectamente lo que tenía que hacer en el campo para ubicar al mejor compañero y darle un pase-gol o convertir él mismo. Reinaldo era muy luchador y me lanzaba centros a la perfección. Fue uno de los compañeros que más progresó en aquella época, lo que le permitió llegar incluso a la selección nacional".

-¿Y qué recibió por su logro en la Copa?

"Nada. Siempre pensé que debió existir un premio, pero nunca se hizo. Solamente me quedó la satisfacción de ser querido por la gente wanderina y darle por primera vez ese título a un club chileno".

VENER, MAXIMO GOLEADOR DE CHILE

A nivel local, Wanderers no tuvo un máximo anotador del campeonato nacional hasta 1996, cuando Mario Vener consiguió la marca con 30 goles. Fue aquel un año excepcional para el argentino nacionalizado chileno, que había llegado en 1990 al país y no traía en su currículo el cartel de gran goleador.

-¿Cuántos goles convertía por año antes de llegar a Wanderers?

"Nunca fui un goleador nato. Lo normal era que yo marcara 12 o 13 tantos por año. Por ejemplo, en Antofagasta la primera temporada que estuve llegué a 14; en Temuco y Atacama sólo hice 12 por año. Yo trataba siempre de ser un aporte y de jugar lo mejor posible".

-¿Y cómo se dio lo de Wanderers?

"Antes que todo, para mí fue una satisfacción inmensa darle a la institución porteña el primer título de goleador en un campeonato nacional. El grupo que formó Jorge Luis Siviero contaba con una mezcla de experiencia y juventud de buen nivel. Fue un honor jugar con jóvenes que hacían sus primeras armas en el fútbol y hoy están triunfando como David Pizarro, Moisés Villarroel, Reinaldo Navia, Claudio Núñez y Raúl Muñoz. El equipo funcionó correctamente y los goles comenzaron a salir como producto del buen juego".

-¿Cuánto contribuyeron Núñez, Lobo y Reinoso para que anotara?

"Claudio Núñez abrió la ruta con sus jugadas, desbordes y centros. Después vino Mario Lobo desde Argentina para reemplazar a Núñez que se había ido a México y el rendimiento no desmejoró. Con Reinoso nos entendíamos bien, porque era un jugador de gran técnica".

-¿Cuáles son los goles que más recuerda del '96?

"Recuerdo muchos, pero me quedo con los tres que le convertí a Temuco en Valparaíso, el día en que ganamos cuatro a dos, y ,después, el que le hice a la Universidad de Chile en el Nacional, una noche lluviosa de agosto, en la cual logramos una tremenda victoria precisamente con mi gol".

-¿Cómo lo trató la hinchada verde?

"Muy bien. El idilio con la gente es muy grande. Ahora último, cuando fui a jugar con Concepción, me trataron muy bien. La gente se identificó conmigo, sobre todo porque estando en Wanderers anoté el gol número 100 en Chile, me nacionalicé, fui el goleador del campeonato y el periodismo dio mi nombre para ir a la selección nacional, es decir, se me dio todo".

TOBAR, CONSTRUCTOR DEL PRIMER TÍTULO

El técnico José Pérez hizo debutar, en 1956, a un delantero de 17 años llamado Armando Tobar.

Sin duda, no se equivocó, pues el joven jugador demostró toda su audacia, valentía, velocidad y acierto goleador desde el principio. Con él Wanderers ganó en presencia ofensiva y consiguió dos subcampeonatos, dos Copa Chile y, lo más importante, el primer título porteño en el campeonato nacional, méritos que le valieron para ser llamado a la selección y jugar el legendario Mundial del '62.

-¿Fue un goleador innato?

"No me gusta que me llamen goleador, sino que prefiero el calificativo de buen jugador. Para hacer goles todo el equipo tiene que funcionar, y en Wanderers todos los delanteros anotábamos. Yo tenía las virtudes necesarias para jugar bien y siempre sentí agrado por ser útil al cuadro".

-¿Cómo se entendía con sus compañeros?

"Muy bien. Todo era el resultado de bastante entrenamiento. Durante la semana practicábamos las jugadas del partido. Tuve a grandes compañeros como los argentinos Nicolás Moreno y Héctor Gatti, Ricardo Díaz, Jesús Picó, con ellos me entendí bien, porque no había egoísmos a la hora de anotar un gol, como nos inculcó siempre don José Pérez, y por eso conseguimos siempre grandes resultados".

ALVAREZ Y CABRERA, LA DUPLA MÁS EFICAZ

Durante los años 60, Wanderers tuvo a dos delanteros que se identificaron con sus colores: Juan Álvarez y Ricardo Cabrera. Por contextura física, ambos se hacían respetar en el área rival y constantemente se convirtieron en los goleadores del equipo. Más de un centenar de tantos llegaron a contabilizar entre los dos para felicidad de sus hinchas.

Álvarez estuvo más tiempo en la institución, llegando incluso a contribuir con la obtención de la segunda estrella en 1968.

-¿Cómo fue su paso por Wanderers, Juan?

"Estuve desde 1962 hasta 1969 y después el '74 y '75. Fue una época hermosa en la que convertí muchos goles. Nunca llevé la cuenta, pero puedo afirmar que todos los marqué con pelotas en movimiento, ya que jamás tiraba penales ni tiros libres. Siempre tuve compañeros que me buscaban para aprovechar mi buen cabezazo en el área, como Eugenio Méndez, Eduardo Herrera y Carlos Hoffmann. Mi juego era simple, sin entrar eludiendo o haciendo jugadas de lujo, por lo que no era bien visto en aquella época. En cambio hoy se juega así".

 

Patricio Leal Vergara

 

Wanderers, mi religión

Ser wanderino, y estar en el pellejo del padre Julio Duque, no debe ser para nada fácil. Tiene 79 años, toda la vida ha sido caturro y desde hace mucho tiempo (de hecho ni él mismo recuerda cuanto) es el capellán del club. Pero mire lo que son las contradicciones de la vida: el sacerdote, por muy verde que tenga el corazón, no ha podido ir a ningún partido de su equipo este año.

Duque dice que le inquieta y que incluso le molesta un poco esta situación. "Antes, cuando Wanderers jugaba el domingo en la tarde, lo podía ir a ver porque mi horario no me perjudicaba, se jugaba el domingo en la tarde, siempre podía ir a Playa Ancha". Pero desde que los partidos se empezaron a disputar el sábado a las siete y el domingo al mediodía, su labor en la parroquia de Concón ha sido incompatible con su pasión verde.

No es difícil entender tanta amargura. Después de todo, el padre Duque siempre ha estado con la institución porteña, "en las buenas y en las malas". Desde 1944, cuando el plantel caturro se inició en el profesionalismo, que no le pierde pisada. Y eso que en aquellos años todavía era un seminarista más, radicado en Santiago.

En esa época no le quedaba otra que seguir a los verdes a través de la prensa. La distancia que hoy se cubre en dos horas, en aquel entonces parecía una eternidad. Y en el seminario, las reglas eran las reglas. Solamente para el día del padre y para el día de la madre a los seminaristas les daban tres días libres para que regresaran a sus hogares. Eran las únicas fechas en que el cura Duque podía volver a Playa Ancha para ver jugar a su equipo en casa. El resto, era cosa de arreglárselas y asistir al estadio en la capital.

LAS CONTRADICCIONES

Pensar en un capellán al interior de un club deportivo es como imaginarse la figura de un guía espiritual para cada miembro de la institución. Sin embargo, la realidad está muy distante de acercarse siquiera a este ideal. Duque, con un poco de pena, piensa en algunas oportunidades que no vale la pena seguir en el cargo. "A veces digo para qué estoy de capellán, porque uno no ve jugar al equipo y al final no puede opinar. Imagínate que hoy no hablo con los jugadores, leo lo que dicen en el diario no más", explica con un dejo de tristeza.

En todo caso, históricamente, la relación con los jugadores no ha sido muy cercana. El sacerdote dice que nunca ha existido esa preocupación en el club, ni siquiera cuando se dan casos de dóping. Y la idea no era censurar o sermonear a quienes sucumbían ante los problemas. Al contrario, se trataba más bien de "mostrarles caminos. Yo siempre digo que cualquiera que quiera ir a hablar conmigo, que lo haga. Pero insisto: un capellán debiera tener un lugar bien definido y no que sea un simple título que se utilice solamente para los aniversarios".

¡ESPEREN A RAUL TORO!

Los mejores tiempos de Julio Duque han ido de la mano con los éxitos de Wanderers. Recuerda el título de 1958, el primero de los caturros en el profesionalismo, como si hubiera sido ayer. Y a los jugadores de esa época los tiene en su retina como grandes personas más que como talentosos futbolistas.

Uno de ellos es Raúl Toro, considerado por muchos años como el mejor jugador de Chile. El padre Duque lo recuerda como un hombre "al que le gustaba vivir la vida. Era muy respetado. De repente Wanderers empezaba los partidos con 10 jugadores y adivina a quién había que esperar: Raúl Toro, que todavía no llegaba".

José "Gallego" Pérez, el técnico de los porteños en aquella época, es otro de los que el cura rememora como gran baluarte. Eso sin mencionar que fue el mismo entrenador quien obtuvo 10 años más tarde el segundo trofeo con los "Panzers".

Vicente Cantatore y Armando Tobar son otros dos que no pueden faltar en la lista de preferidos de Duque. Cuenta que no ha visto futbolistas más talentosos que ellos, aunque Elías Figueroa siempre será "el patrón del área".

FIELES VERDES

Aparte de enrolar fieles, el capellán caturro también influyó para que muchos porteños engrosaran las filas de Wanderers.

Uno de ellos es el ahora encargado cultural del gobierno de Lagos, Agustín Squella. "Con él hablábamos siempre del equipo. El ya era wanderino, pero esas conversaciones en algo pueden haber influido también", recuerda el religioso con un tono cómplice.

En el estadio, Duque nunca tuvo inconvenientes. El público siempre lo identificó con Wanderers, "excepto una vez que nos tocó jugar con la Universidad Católica. Yo llegué antes al estadio y me confundí entre la hinchada. Me miraban raro. Pensaban que era de la UC, así que tuve que levantar mi carné bien arriba para demostrarle a todo el mundo que era wanderino y no cruzado".

Por estos días, el padre Duque está hospitalizado. Desde su habitación en el pensionado del Hospital Gustavo Fricke, su voz se eleva para anunciar lo que podría ser su último aniversario (el club cumple mañana 108 años) como capellán de Wanderers: "estoy pensando que debo dejar el título que tengo, porque parece ser un simple título".

Con bastante nostalgia por los tiempos en que Wanderers jugaba con viento, Duque se esfuerza para dar algunos consejos al equipo de toda su vida. Como un hincha más, toma la palabra y le recuerda a los jugadores que "les falta tranquilidad. El problema de Wanderers es que antes todos lo respetaban porque venían a Valparaíso a jugar contra el viento. Era como ir a Calama y jugar contra Cobreloa y la altura. Ahora, si además van a seguir con la idea de hacerse expulsar, estamos perdidos".

Julio Duque es un wanderino más. Tan wanderino como el hincha que va todos los fines de semana al Estadio Municipal de Valparaíso a ver a su equipo.

Y por eso no pierde la esperanza de ver aunque sea un partido de los caturros versión 2000. Aunque para eso, Wanderers tendría que dejar de jugar a la hora de la misa.

 

Federico Grünewald Beltrán