Año 174 - Nro. 59513 - Lunes 27 de noviembre de 2000
   
 

Peñablanca, un gran aporte al fútbol

 
 

En 86 años de historia deportiva, el club de deportes Peñablanca ha tenido un fuerte desarrollo que lo ubica entre los más sólidos de la región y un grupo de jugadores que prestigian su fútbol.

 
 

Carlos Giudice llegó a ser capitán de la selección nacional en el sudamericano de 1935.

Hablar del club deportivo Peñablanca es referirse a una de las instituciones más sólidas con que cuenta el fútbol amateur regional. Con una infraestructura deportiva que se sitúa en más de cuatro hectáreas de terreno, fue desde un comienzo animador de la competencia en la Asociación Villa Alemana, producto de la calidad técnica de sus jugadores.

Su historia señala que un 14 de mayo de 1914 un grupo de jóvenes peñablanquinos decidió fundar un club en una zona de quintas y con poca población. El sector se prestaba entonces para las actividades al aire libre, y una cancha de fútbol siempre fue un lugar atractivo para que la juventud desarrollara su deporte favorito.

Pasan los años, y sus dirigentes se esmeran en fortalecer a la institución.Todos los esfuerzos se vieron coronados en los años 50. Bajo las presidencias de Alberto Zárate y Santiago Cúneo se formalizaron las adquisiciones del estadio que cuenta con tres canchas en 3,5 hectáreas y de la sede en Manuel Montt 645, respectivamente.

Los triunfos deportivos fueron de la mano con el ascenso patrimonial. Frecuentemente sus distintas divisiones logran el título de campeón en la Asociación y sus jugadores interesan a clubes profesionales.

CARLOS GIUDICE, EL PRECURSOR

La primera gran figura que emergió de las filas del Peñablanca y llegó al profesionalismo, fue Carlos Giudice, un delantero que jugaba como interior izquierdo en una línea de cinco hombres. Su condición de goleador llamó la atención de Audax Italiano en los albores del balompié remunerado en Chile y lo incorporó a sus filas para formar un equipo que luchara por el campeonato.

En 1934 y 1935, el cuadro itálico se tuvo que conformar con el subtítulo, a la zaga del tricampeón Magallanes, a pesar de que Carlos Giudice puso su nombre como máximo anotador del primer torneo mencionado, con 19 goles. Sin embargo, en el campeonato del '36, el conjunto audino por fin pudo celebrar su primer título profesional, con extraordinarios jugadores como Luis Cabrera, Ascanio Cortés, Guillermo Riveros, Moisés Avilés, Hernán Bolaños, Tomás Ojeda y el propio Carlos Giudice, quien tuvo la doble condición de actuar en la cancha y ser el entrenador del cuadro.

La tremenda personalidad de Giudice lo llevó a la selección nacional que compitió en el sudamericano de Lima en 1935, donde también se inscribió como goleador, al anotar frente a Uruguay, y llevó la huincha de capitán del equipo.

JAIME BAEZA, DE PEÑABLANCA AL EVERTON

Corrían los años 70, cuando un hábil número 8 firmó por el Peñablanca, siguiendo los pasos de su hermano Manuel. El nuevo mediocampista de la segunda división infantil era Jaime Baeza, quien de inmediato se puso a las órdenes del técnico Alberto Alvarado.

Entre 1977 y 1979, Baeza sólo conoció de títulos y sus excelentes condiciones técnicas y humanas promovieron su paso al fútbol grande con prontitud. Everton de Viña del Mar adquirió su pase y lo integró al plantel profesional.

Frente a Deportivo Aviación, en 1980, el joven jugador de Peñablanca debutó en Sausalito, bajo la dirección técnica de Caupolicán Peña, y partir de ese momento tuvo una carrera ascendente que lo llevó incluso a la selección nacional, como puntero derecho.

El título del torneo Polla Gol de apertura, con Everton, y su actuación en los Juegos Olímpicos de los Ángeles, en 1984; el subcampeonato en el Nacional del '85, también en la escuadra viñamarina, y el premio como Mejor Jugador de Huachipato el '88, son algunos de los mejores recuerdos que apunta Jaime Baeza en su bitácora personal.

Como pocas figuras del fútbol chileno, paralelamente siguió la carrera de ingeniería comercial en la Universidad de Valparaíso, institución que le otorgó su título en 1987.

DE FAMILIA FUNDADORA

Si hay un jugador identificado con los colores azul y blanco desde su nacimiento, ese no es otro que José Pérez Cisternas. Su abuelo materno, don Emilio Cisternas, fue uno de los socios fundadores del club Peñablanca y su padre, Armando, jugó en el primer equipo a gran nivel.

Con estos antecedentes, era imposible que José Pérez no siguiera los pasos de sus antecesores. Por eso a sus doce años de edad ya estaba jugando por la tercera infantil, con la dirección técnica de Alberto Alvarado.

"Era una persona totalmente dedicada a los niños del club. Le gustaba dirigir, después de haber sido jugador. Él nos ponía a punto en la parte física y nos ayudaba en la parte formativa. Siempre nos decía que no olvidáramos los estudios", recuerda Pérez de su primer técnico, hoy fallecido.

Entre los peñablanquinos, hay consenso en señalar que uno de los equipos memorables en juveniles, fue el que tuvo como línea delantera a Jaime Baeza, José Pérez y Pedro Brante. Tres magníficos jugadores que luego llegarían juntos al fútbol profesional, para jugar en Everton, caso que no se da frecuentemente en este deporte.

El ascenso con Santiago Wanderers en el verano del '90, ante un estadio Sausalito completamente lleno de espectadores porteños, que gritaban alborozados el triunfo frente a San Felipe; la temporada de ese mismo año en Primera que lo vio como goleador caturro con 15 tantos; y la Copa Libertadores de 1991, defendiendo a Deportes Concepción en Chile y Ecuador, fueron momentos emocionantes que vivió José Pérez durante su limpia trayectoria futbolística.