Año 175 - Nro. 59882 - Lunes 3 de diciembre de 2001
   
 

Por el camino de Conrad

 
 

El escritor residente en Quintay Ignacio Balcells presenta su nuevo libro "La mar", donde relata su aventura en la camioneta "La concha" a través de la costa de Chile y plantea su particular mirada de los enigmas del océano

 
 

"En el mar, la espiritualidad consiste en que tu vida está enteramente a merced de quienes te rodean", afirma el escritor Ignacio Balcells.

Casi al comienzo de la novela "Bajo el volcán", del inglés Malcolm Lowry, se describe una escena en que el protagonista decide hacerse a la mar, durante su juventud, atrayendo la atención de todo el mundo por su alto linaje. Ante ello, un diario lo saluda con un romántico titular: "Ser Conrad...". Para el escritor chileno Ignacio Balcells (de 51 años), el océano también fue un llamado ineludible, al igual que para Joseph Conrad, quizá el más célebre de los autores náuticos. Al igual que él, Balcells recorrió todos los mares de Oriente y ahora acaba de publicar su testimonio del litoral chileno en "La mar" (Andrés Bello.) Se trata de una bitácora del viaje que realizó en los '90 por el borde nacional en su camioneta "La concha" y que después corrigió en su casa de Quintay, aunque con una pausa de tres años para escribir su libro anterior, "El tiempo en la costa".

-Esto de escribir sobre el mar, ¿corresponde a una especie de destino o instinto?

"En eso hay algo muy misterioso, originario. Creo que todos los seres humanos nacemos con una naturaleza terrestre o una marina. Es casi imposible de razonar. Siempre he tratado de analizar por qué mi preferencia por el mar y la verdad es que son tan estúpidos los posibles motivos que ninguno me sirve como explicación".

-¿No cree que haya una cofradía de escritores que se vuelcan al tema, con autores como Joseph Conrad, Herman Melville o Malcolm Lowry?

"Absolutamente. Aunque la palabra cofradía da la impresión de que fuera algo racional, como si dependiera de una elección. Diría, en cambio, que yo nací en una cofradía marina y que todas las personas nacen en la cofradía marina o en la terrestre. A lo mejor hay una tercera, la cofradía celeste, de la que vienen los santos, pero no lo sé".

-Con todo, reconoce la tradición literaria en torno al mar.

"Está también Robert Louis Stevenson... Mire, lo más grande que me he propuesto en el océano real ha sido volver en barco desde Europa por el Oriente. Llevaba viviendo tres años en París, con mi familia, cuando decidí partir en tren a Génova, Italia, a embarcarme en un buque ruso que se dirigía hacia la India. Crucé el Mediterráneo, el mar Rojo y el océano Índico. Apenas llegué a la India tomé un tren hacia el otro lado del país, donde tomé otro barco con el que traspasé el golfo de Bengala y que me dejó en Singapur. Mediante catorce embarcaciones distintas, desde lanchas hasta grandes barcos, avancé por todas las islas de Indonesia y después por la costa australiana. En Sydney, tomé el penúltimo barco que pude hallar hacia las islas del Pacífico. Así arribé a Samoa, pero allí no hallé ningún otro barco para continuar y al final tuve que regresarme en avión. En Samoa, sin embargo, uno se encuentra con que la casa del jefe de Estado es la misma que Robert Louis Stevenson se hizo y en la que murió. Es una preciosa casa blanca, rodeada de palmeras, ubicada no al borde del mar, sino en el interior. Y luego me indicaron un cerro donde estaba la tumba de Stevenson.

LITORAL O MAR ABIERTO

-¿Hizo el viaje con la idea de escribir, es decir, de vivir aventuras con las cuales después hacer un libro?

"No. He escrito siempre, desde que tengo una memoria válida, principalmente poesía. Sólo en el último tiempo me he dedicado más a la prosa. El mar estaba absolutamente declarado. No fue que se me apareciera entonces. Nunca escribí una relación de ese viaje, lo que sí iba escribiendo era poemas. Con ellos y con otros que hice aquí armé el libro 'Oficio de olas'. Allí hay poemas de viaje, de experiencia personal, y también poemas de la historia del océano Pacífico, donde están los santos, los héroes, los marinos, los poetas de ese océano. Aparecen Stevenson, Melville, Conrad, el capitán Cook, que además de explorador escribió un magnífico diario de viaje que dice mucho de ese océano. Con todo eso traté de meter el océano Pacífico en nuestra lengua castellana a través de la poesía".

-¿Se considera como un viajero marítimo de las costas o de mar abierto?

"De mar abierto. Este libro se llama 'La mar', porque lo hice a pie, excepto los dos últimos capítulos que tratan sobre la navegación en Aysén y la travesía hacia la Isla de Pascua, que es mar adentro sin duda".

-El libro anterior, no obstante, se llama "El tiempo en la costa" y el nuevo también se refiere al litoral...

"El libro 'El tiempo en la costa' es sobre mi residencia en Quintay, un pueblecito preciso del litoral central de Chile. 'La mar', en cambio, es acerca de toda la costa del país, como una costa vivida. Pero el tomo 'Oficio de olas' jamás lo hubiese podido escribir sin haber navegado en serio. Una de las navegaciones que cualquier chileno puede hacer, y que es maravillosa, es embarcarse aquí en Valparaíso en un barco carguero rumbo a la Isla de Pascua. Se demora entre 12 y 14 días, está distante del continente lo mismo que de aquí a Río de Janeiro. Es una inmensa distancia, la suficiente para darse cuenta de lo que es el mundo del océano".

VIAJERO CON ANCLA

-Usted ha viajado más que nada como pasajero, ¿no es así?

"Como pasajero, como mendigo... Hubo lugares en Indonesia en que tuve que rogar o hacer trueques, como con unas lanchas maoríes cuyos tripulantes me llevaban sólo si ponía nylon y anzuelos con que pescar durante el trayecto. Me admitieron. Después toda la lancha comió con el anzuelo que compré".

-¿Nunca sintió el llamado de hacerse marino?

"No. Esa es la maldición y la bendición de la poesía. Al escribir, uno tiene la impresión de que todo lo que se hace antes, durante y después de la escritura es siempre para la escritura. Cuando un escritor dice que va a explorar un lugar o que va a mediar en tal batalla, no es de creer. Precisamente es un pre-texto. En el caso de Prat, el mar era su lugar de acción. Pero para mí el lugar es la página, o sea, el mar es la manera en que llego a la página".

-¿Usted se definiría como un viajero que parte sin saber si volverá, al modo que lo planteaba el escritor estadounidense Paul Bowles?

"Nunca he partido de ese modo. Creo que tengo un ancla en Chile. Ahora, he andado por sitios donde no sabía si regresaría, pero no por mi voluntad. He estado en embarcaciones y tempestades horrorosas. En las islas de Indonesia pude haber naufragado cien veces, en barcazas que son para 250 pasajeros y que llevan mil 400. En esas circunstancias, se requiere aceptar que se puede morir en cualquier momento".

-Y en sus viajes, ¿percibió una espiritualidad propia del mar y sus costas, algo que vaya más allá de las diferencias culturales?

"De partida, haber llegado intacto. En el mar, la espiritualidad consiste en que tu vida está enteramente a merced de quienes te rodean. Si se va en un barco en que le caes mal al marinero que come en tu mismo lado de la mesa, uno sabe que ese tipo, que no es cristiano, en la noche puede tirarte sobre la borda, sin que nadie se entere nunca. La única razón porque no lo hacen es esa espiritualidad en la cual el viajero posee algo de sagrado. Y eso a pesar de ser un mundo violento y peligroso".

-Pero, según los testimonios literarios, el mar también está relacionado con el mal.

"Un pescador de la caleta Portales, antes de internarse en el agua, me dijo una vez: 'Hoy está buena la mal". Su frase se convirtió para mí en un oráculo. Así supe que todas las personas relacionadas con el mar tienen claro que a la vez se vinculan con el mal y que es imposible no enfrentarlo".