Año 175 - Nro. 60103 - Domingo 14 de Julio de 2002
 

Mario Quiroz no abandona a su "hijo"

 
 

El alma del reloj Turri

 
 

Desde 1978 este hombre, de 75 años, se preocupa del funcionamiento de este símbolo arquitectónico de Valparaíso

 
 

 

UN HIJO MEDIO CHILLON.- "El único hijo que tengo a mi lado es el reloj. Se porta bien. Obediente. Es medio chillón sí, como todos los jóvenes", expresa Mario Quiroz, el encargado de darle vida al reloj Turri.

"Que sin tu amor no soy nada...", dice ese popular y romántico bolero "Reloj". Eso debe sentir Mario Quiroz, el encargado de mantener en funcionamiento el reloj Turri.

Qué símbolo más característico del centro de Valparaíso que ese objeto incrustado en el pináculo del edificio La Española, al frente del ascensor Concepción.

En la intersección de las calles Prat y Cochrane, en las alturas, dos brazos metálicos orientan a los porteños, con la complicidad de dos hermosas campanas, la hora de ingreso y egreso de sus respectivos trabajos; extremidades de pesado acero, que de lejos no parecen más que dos pestañas que se juntan como guiño de un pasado emblemático, lleno de vida portuaria y plena de una bohemia que encendía los corazones de nuestros ancestros.

"Trabajo desde 1978 en este edificio. Me especialicé en los talleres de Rolex en Suiza, Ginebra, como Técnico en Relojería de Altura. Allí permanecí tres meses. Después me contrataron en Buenos Aires para dar clases. Estuve cuatro años allí. Me encargaron, también, reparar un reloj que estaba en la plaza San Martín, en la capital argentina", cuenta Mario Quiroz.

Este regresó a Chile a mediados de los años 70. Antes del reloj Turri, se dedicó a los negocios. Hizo algunas instalaciones electrónicas en la mina de Huachipato. "Tengo cuatro hijos, todos en el extranjero. Dos niñas están en Francia, un hombre en Suecia y otro en Canadá. ¿Mi señora? No existe. Vivo solo. El único hijo que tengo a mi lado es el reloj (solloza). Se porta bien. Obediente. Es medio chillón sí, como todos los jóvenes (ríe)".

Mario Quiroz, de 75 años, explica que la máquina se confeccionó en Gran Bretaña. Llegó en 1920 a Chile. Trabaja con un sistema de pesas. "Lo trajo Agustín Edwards, cuando era dueño del edificio. Hasta hoy funciona en forma impecable".

"¿Por qué este reloj se llama Turri? Todos le llaman Turri pero es un error. Este reloj no tiene nombre. Lo que pasa es que hace unos años había un señor notario público que se apellidaba Turri. Creo que se llamaba José Turri. Era tan conocido ese caballero que todos empezaron a nombrar este sitio como el reloj del Turri".

CADA TRES MESES

Mario Quiroz, de estatura baja, cabello blanco e impecable corbata, trabaja tres veces a la semana. Tiempo prudente para mantener en acción un reloj con más de medio siglo de vida útil. Cada tres meses le hace reparaciones a la máquina. "No me da problema este niño. Sin embargo hay que estar atento y de vez en cuando limpiarlo, engrasarlo y darle sus ajustes".

Confiesa que una vez el almirante José Toribio Merino, en los años 80, le pidió que le reparara el reloj de la Armada. "Pero según él, le cobre muy caro".

Su sueño es regresar a Suiza, donde dejó muchos amigos, aunque ninguna novia. "Yo fui a estudiar, no a pololear. Me encantaría volver a Suiza y comprar varios relojes Rolex. Me encantan. ¿Si soy coleccionista? No. Tuve un Rolex, que justamente traje de Europa, pero se lo regalé a un familiar. Hasta hoy lo tiene guardado en un cajón. Es que es una reliquia", concluye. Luego camina hasta las campanas. Cada quince minutos tocan. "Estoy medio sordo del oído izquierdo. Es culpa de estas muchachas (indica y luego ríe)".