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Claves para un debate constitucional

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Otra falacia interesante es la de la apelación a la fe, que no tiene que ver, en estricto rigor, con religión, sino con usar la creencia en algo, la fe como un argumento. El problema es que creer es un sentimiento, que no tiene argumentos ni fundamentos razonables".

El pasado 4 de julio de 2022, en una ceremonia protocolar, se hizo entrega del borrador de un proyecto constitucional que busca reemplazar, mediante un plebiscito, la actual carta magna.

Antes de conocerse el texto definitivo, ya se podían visualizar dos bandos claramente establecidos a favor o en contra de la propuesta. Esto demuestra que, en realidad, daba un poco lo mismo su contenido, ninguno de los dos extremos se iba a mover de su trinchera.

Lo que viene ahora será la propaganda política a favor de cada opción, las noticias falsas en las redes sociales, los linchamientos, las miradas mesiánicas respecto al nuevo texto y, por oposición, las apocalípticas.

Me abstengo de dar a conocer mi postura, que en nada va a hacer cambiar su opción de voto, por el contrario, me parece mucho más prudente asumir el rol que, a mi juicio, le debería corresponder a la academia y que lejos de abanderizarse por el apruebo o el rechazo, debería ser el de entregar herramientas de análisis al momento de tomar su decisión.

En esta línea, la obra del profesor argentino Ezequiel Spector, "Malversados", puede resultar de gran utilidad. Este libro está dedicado a analizar de qué forma la falacia se apoderó del debate político en Argentina. Spector, en 235 páginas, nos revela cuáles son las trampas argumentativas más comunes en la discusión política en su país y que, por supuesto, hoy vemos presentes en Chile a raíz del debate constitucional: falacia contra la persona, falso dilema, relativismo, apelación de autoridad, razonamiento blindado, apelación de la fe, ambigüedad, igualdad, falacia ad hominem, salto lógico, apelación del pueblo, argumento circular, del espantapájaros, punto medio y de Perogrullo.

Sería largo explicar cada una de estas falacias, por lo que me referiré a algunas de ellas. La primera es la del razonamiento blindado y que consiste en interpretar la realidad de tal forma que confirme la hipótesis que nos conviene. Se trata, dice Spector, de un fenómeno propio de la psicología humana: "Poseemos una tendencia bastante fuerte a interpretar la realidad de tal forma que confirme opiniones o ideas que teníamos de antemano". Lo vemos día a día y acentuado desde el 18 de octubre de 2019, por ejemplo: el estallido fue la respuesta a la necesidad de una nueva Constitución o el mismo acontecimiento fue un hecho concertado por el partido comunista y los grupos radicales venezolanos. Ambas son hipótesis prácticamente imposibles de comprobar y, por lo mismo, funcionan en el discurso. En el caso específico del debate constitucional, aquellos que rechazan, encontraron en el borrador las razones que confirman su postura, mientras que los están a favor del apruebo dieron con las claves que justifican su elección. No hay opción ni interés de abrirse al debate.

Otra falacia interesante que menciona Spector es la de la apelación a la fe, que no tiene que ver, en estricto rigor, con religión, sino con usar la creencia en algo, la fe como un argumento. El problema es que creer es un sentimiento, que no tiene argumentos ni fundamentos razonables. En el caso del proyecto de los constituyentes, vemos cómo aparece de forma recurrente la fe de los apruebo en que Chile será más justo con una nueva constitución y, en el bando contrario, la creencia de que nos transformaremos en Chilezuela. No obstante, afirma el autor: "En el terreno político, la fe, la esperanza, el optimismo y la confianza no reemplazan los argumentos. Y si alguien quiere hacernos creer que sí, entonces está haciendo trampa".

Por último, una de las falacias muy utilizada es la del espantapájaros, aquella en que el oponente ridiculiza los argumentos de su adversario para, a continuación, refutar aquella versión más débil. Se habla de un espantapájaros porque quien debate lo hace con una versión distorsionada de su rival. Esto lo hemos visto desde el inicio de la discusión constitucional por uno y otro bando, desprestigiando a la actual Constitución o al borrador. Mientras que para algunos la Constitución de 1980 fue escrita por cuatro generales, el actual borrador es un "mamarracho".

El panorama, a mi juicio, resulta poco alentador en términos de la discusión en torno al texto por la falta de interés en llegar a acuerdos y el abuso de estos recursos argumentativos, en su mayoría falaces. Para aquellos que aún no estén decididos o quieran votar de buena fe, la recomendación final la da el mismo Spector y es la de "hacer un genuino esfuerzo intelectual por considerar realmente las pruebas en contra de nuestras ideas y darles el valor que merecen". 2

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La fractura

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Durante esta semana -justo cuando comenzó la campaña para la consulta del 4 de septiembre, en la que los chilenos tendrán que decidir si respaldan el nuevo texto o no-, diversos actores han manifestado sus aprensiones frente la propuesta y su capacidad de unir y pacificar".

"Acuerdo por la Paz y la nueva Constitución", se llamó el documento firmado por representantes del más amplio abanico político, salvo el PC, en noviembre de 2019, como una forma de apaciguar los ánimos ciudadanos tras el estallido social, que había dado cuenta de la molestia que aquejaba a los chilenos y que, en una frase, se resumía en el slogan "no son 30 pesos, son 30 años".

24 meses después de aquello, los votantes dieron una aplastante mayoría a la opción Apruebo y se dio el puntapié inicial al trabajo de la Convención Constituyente, el que terminó la semana pasada -a casi tres años de la revuelta- con la entrega del borrador de nueva Carta Fundamental.

Pero contrario a lo que decía y planteaba el título de aquel lejano acuerdo en el que la paz era un concepto esencial, lo que hasta ahora ha generado la propuesta es precisamente lo contrario.

Durante esta semana -justo cuando comenzó la campaña para la consulta del 4 de septiembre, en la que los chilenos tendrán que decidir si respaldan el nuevo texto o no-, han sido diversos los actores que han manifestado sus aprensiones frente la propuesta y su capacidad de unir y pacificar.

En la derecha, aquello no es novedad. Históricamente, desde el regreso a la democracia, se negaron rotundamente a cambiar la Constitución de Pinochet, aceptando a duras penas maquillarla en distintas ocasiones y rechazando dar sus votos en el Congreso para modificarla realmente. Aun así, para el plebiscito de 2020, no hubo una postura común, pues mientras algunos planteaban -también con miras a las presidenciales que vendrían al año siguiente- que era momento ya de aprobar un nuevo texto, los sectores más radicales -la UDI y el Partido Republicano- se negaban. Su performance y capacidad de influencia durante el proceso fue, además, prácticamente nula, a partir de la paupérrima capacidad de que sus candidatos constituyentes fueran electos.

Pero esta semana la división se mostró también, en todo su esplendor, en la centroizquierda. Partió con las declaraciones de algunos dirigentes e intelectuales, como Felipe Harboe, Oscar Landerretche y Javiera Parada, en la que anunciaron que votarán Rechazo, pues el nuevo texto "se reedita el error de Jaime Guzmán: convertir la herramienta constitucional en un arma de un sector contra otro", según arguyeron.

Pero luego vinieron los "hombres sabios", los expresidentes Ricardo Lagos y Eduardo Frei. El primero, cuestionó precisamente que ni la nueva propuesta ni la Constitución de 1980 unen a los chilenos y, por lo tanto, aunque no dio a conocer cuál será su voto, advirtió que se debe trabajar en un texto que genere un real acuerdo entre los chilenos.

Mientras la centroizquierda se dividía entre quienes respaldaban al exmandatario y los que lo cuestionaban duramente, la Democracia Cristiana -otro actor irrelevante en la convención- se desangraba internamente para intentar dar una orden de partido, el que apuntó a respaldar la nueva Carta Fundamental, pero en circunstancias en que varias de sus figuras se manifestaban en contra. Y mal que mal, el voto es secreto y cuando cada uno esté dentro de la cámara de sufragio, hará lo que su conciencia le dicte. No el partido.

Pero, además, cuando todo apuntaba a que el mayor golpe a la cátedra de la semana sería el de Lagos, el también expresidente Eduardo Frei se pronunció en términos aún más duros y más concretos: anunció que votará Rechazo, pues "tengo discrepancias insalvables sobre varios contenidos de esta propuesta, los que considero comprometen la paz, el desarrollo y la prosperidad de nuestro país". Advirtió, asimismo, sobre la posibilidad de que las normas establecidas respecto del sistema político puedan derivar en una dictadura a futuro.

En columnas anteriores, advertí sobre la soberbia mostrada por la convención en reiteradas ocasiones, a propósito de ningunear a quienes pensaban distinto o a las minorías dentro de la entidad. Aquello, a mi juicio, comprometía gravemente el éxito de una nueva Constitución, que -ciertamente- Chile necesita.

Y cuando ya no solo es la oposición, sino un fenómeno más transversal el que siente que la nueva Carta Fundamental no une, no genera paz -como rezaba el acuerdo inicial- entonces claramente ahí hay una falla relevante. Lo que hay que pensar ahora es cómo se genera lo que en realidad la ciudadanía quería: un texto que se haga cargo de las demandas transversales y no las de un sector político, cualquiera este sea. Finalmente, una nueva Constitución debe precisamente ser la casa de todos y todas, no la de un solo grupo. Debe unir, no fracturar aún más. 2

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